Lo veo sentarse elegantemente frente a mí, tan imponente como un rey.
Desde el momento en que llegó, un silencio perturbador se instaló en la sala de conferencias. Su asistente comenzó de inmediato a plantearnos los términos del contrato y en qué se basaba. Durante toda la conversación, Alexander no pronunció ni una sola palabra.
Después de una hora, me extendió el contrato, y lo firmé rápidamente, pues solo quería terminar y salir de allí cuanto antes. No soportaba permanecer en su presencia ni un minuto más. Al terminar de firmar el documento, se lo pasé al asistente, quien se lo entregó a Alexander para que lo firmara de inmediato.
Minutos después, unas cinco secretarias entraron en la sala arrastrando carritos con comida.
—Bien, ya que hemos firmado el contrato, ahora disfrutaremos de un aperitivo para celebrar —anunció el asistente educadamente.
Aprovechando que todos estaban almorzando, me escabullí al baño. Al salir de la oficina de Alexander, pregunté a una de las secretarias dónde quedaba. Sin perder el tiempo, me dirigí hasta allí.
Abrí la llave y me eché agua en el rostro, intentando disipar la tensión que se aferraba a mi cuerpo, pero no funcionó. Solo deseaba irme cuanto antes de ese lugar, aunque sabía que si lo hacía, sin duda sospecharían.
—¿Qué sucede, hermanita? ¿Acaso estás nerviosa?
Me alarmé al escuchar esa horrenda voz. Rápidamente me giré y vi a mi hermana menor. No le respondí.
—¿Qué sucede, hermana? ¿Acaso no me has extrañado? Tenemos dos meses sin vernos —dijo con una sonrisa inocente.
Cualquiera que la viera pensaría que era una ovejita inofensiva, pero yo sabía bien el monstruo que se escondía detrás de su rostro angelical.
—No estoy de humor para hablar contigo, Arlette, ni para escuchar tus estupideces —espeté con frialdad y traté de salir del baño, pero ella me tomó del brazo y me empujó hacia atrás.
—Hermana mayor, tranquila, solo deseo hablar contigo —dijo fingidamente mientras comenzaba a caminar a mi alrededor, observándome de arriba abajo—. Veo que has logrado mucho en este corto tiempo. Dime una cosa… ¿Papá lo sabe?
Me quedé en silencio de inmediato.
—Eso imaginé —dijo con una sonrisa burlona—, pero tranquila, tu secreto está a salvo conmigo.
—Sí, claro. Estoy segura de que hace tiempo le marcaste a mi padre para contárselo.
La vi acercarse a mí mientras sacaba su teléfono del bolso y me mostraba una fotografía.
—Mira, hermana, Alexander no ha podido ir a verte porque, como ves, hemos estado ocupados. Pero tranquila, yo lo cuidé muy bien.
En la imagen aparecían los dos, enredados en las sábanas. No era ninguna tonta para no imaginar lo que acababan de hacer.
Sentí cómo la ira recorría mi cuerpo como un volcán a punto de hacer erupción.
—Lo haces a propósito, Arlette —le grité, furiosa.
—¿A propósito? No, hermana, me malinterpretas. No es malo que le muestre a mi querida hermana lo feliz que soy. Pero entiendo tu disgusto… Es a tu marido a quien a diario monto y tengo entre mis piernas.
Su tono era venenoso.
—En fin, hermana, fue un gusto verte. Nos vemos después —dijo hipócritamente antes de darse la vuelta.
Un deseo abrasador de arremeter contra ella y golpearla hasta más no poder se apoderó de mí, pero me contuve. Salí del baño y noté que el equipo me esperaba fuera de la oficina.
—Señorita Ventura, aquí está su bolso. Ya hemos terminado y regresamos a la empresa —me informó Filiz.
—La firma del contrato ha sido todo un éxito, ¿no le parece? —agregó.
Asentí sin decir palabra y salimos del edificio.
—¡Wow! Alexander Líbano es tan guapo… ¿Y vieron a la belleza de mujer que tenía sentada en sus piernas? ¿Será su esposa?
Escuché los comentarios de algunas de las chicas y sentí cómo mi rabia aumentaba aún más.
Al llegar a la empresa, me sumergí en el trabajo, intentando olvidar lo sucedido en la firma del contrato. Sin embargo, la imagen que Arlette me había mostrado seguía atormentándome. Si su objetivo era lastimarme, sin duda lo había logrado.



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