—Salomón... —una voz tosió al otro lado de la línea—. ¡Eres un desgraciado!
—Tú... ¡Tú eres Tatiana!
—¡Así es!
—Deberías estar muerta...
—¡Pues entonces estás hablando con un fantasma!
Un escalofrío recorrió la espalda de Salomón al escuchar eso.
—¡Te rescataron!
—Salomón, ¡tus días están contados!
Salomón colgó el teléfono aterrado. Volteó a ver a Humberto; era evidente que el viejo ya había recibido la señal, y por eso había pasado al ataque.
—La tenía escondida en un lugar impenetrable, ¿cómo lograron...?
Humberto asintió.
—Es cierto que el escondite era bueno. Para mí, era imposible encontrarla y rescatarla en tan solo una hora. Pero, por suerte, hay alguien que sí tiene esa capacidad.
—¿De quién estás hablando?
Humberto entrecerró los ojos.
—¡Eso no es asunto tuyo!
Dicho esto, Humberto se abalanzó sobre Salomón.
Salomón ya estaba presa del pánico desde la llamada, así que, al ver la embestida, su instinto fue retroceder a tropezones.
—¡No olvides que estás en territorio de la Alianza Lunar! ¡Viniste solo con dos hombres, ni sueñes con salir vivo de aquí! —exclamó, tratando de recuperar un poco de su valentía perdida.
—Salomón, ¿me crees tan idiota como para venir solo con dos hombres?
—Tú...
—¡Jefe, los hombres de la Hermandad Gutiérrez están irrumpiendo en el edificio! —gritó uno de sus subordinados.
Justo cuando Salomón dudaba, el aullido de las sirenas rompió el silencio de la noche. Se asomó por la ventana y vio más de una decena de patrullas acercándose a toda velocidad.
—¡Humberto, los asuntos de la calle se arreglan en la calle! ¡Eres un cobarde por llamar a la policía!
Humberto frunció el ceño.
—Yo no llamé a la policía.
¿Qué ganaba él con que arrestaran a todo el mundo? Absolutamente nada.
Pero ese lugar era de la Alianza Lunar. Si había un enfrentamiento allí, la policía apuntaría directamente a Salomón, sin contar con que acababa de secuestrar a la hija de Humberto y tenía intenciones de matarlo a él...
—¡Eres un maldito, Humberto! —siseó Salomón, apretando los dientes—. ¡Lárgate de aquí!
Humberto lo miró con dureza.
—¡Buena decisión!
Sin perder tiempo, Humberto reunió a sus hombres y abandonó la sede de la Alianza Lunar. En el fondo, sospechaba muy bien quién había dado aviso a las autoridades.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Otra Esposa de mi Marido
Porque no me deja seguir leyendo, compre monedas y cuando llego al 608, ya no me deja...