Al regresar a la sede de la Hermandad Gutiérrez y comprobar que su hija estaba a salvo, Humberto respiró hondo, quitándose un peso enorme de encima, y de inmediato se dirigió a Jairo para expresarle su gratitud.
—Señor Crespo, de no ser por usted, mi hija y yo no habríamos salido con vida de las garras de la Alianza Lunar —Humberto unió las manos frente a él, en un gesto de profundo respeto y gratitud—. Pida lo que necesite. Aunque me cueste la vida, jamás le diré que no.
Jairo esbozó una sonrisa tranquila.
—En realidad, lo que le pediré nos beneficiará a ambos, don Humberto.
—¿De qué se trata?
—El Grupo Alfa le robó un lote de piezas a Manoel. Tras la supuesta mediación de Facundo Prado, el Grupo Alfa le devolvió a Manoel un cargamento defectuoso haciéndolo pasar por el original, lo que provocó la quiebra de la empresa de Manoel. Imagino que está al tanto, ¿no es así?
Humberto asintió.
—Creo que no hay nadie en este negocio que no lo sepa.
—¿Y qué opinión le merece eso?
—Nosotros andamos en malos pasos, pero incluso aquí existen reglas. Que el Grupo Alfa robara la mercancía, la cambiara por basura y encima arruinara a un hombre hasta dejarlo en la calle, fue una canallada.
—Opino exactamente lo mismo.
—Pero el verdadero desgraciado en todo esto fue Facundo Prado. Se rumora que la idea fue suya, y que además sacó tajada de ambos bandos.
Jairo exhaló lentamente.
—Esa es la misma información que yo tengo.
—Pero eso fue hace mucho tiempo, ¿por qué el señor Crespo lo menciona ahora?
—Manoel Suárez está preso.
—¿Cómo?
Jairo le explicó cómo Manoel había secuestrado a Carlota y el incidente en el que intentó saltar del edificio junto con la niña.
—Quiero buscar justicia para Manoel Suárez.
—¿El señor Crespo quiere justicia para Manoel? —Humberto lo procesó rápidamente. El Grupo Crespo estaba en guerra abierta con la familia Prado. La intención de Jairo era clara: desmantelar el poder de los Prado, tanto en el mundo legal como en el oscuro, y tomar el control.
En cuanto a la Hermandad Gutiérrez, Facundo ya había lanzado el primer golpe. Y si lo hizo una vez, lo haría de nuevo. Esconderse no serviría de nada; lo más sensato era aliarse con el Grupo Crespo.
—¡De acuerdo! ¡Cuenta con mi apoyo, señor Crespo!
A Humberto apenas le tomó unos segundos tomar la decisión.
—Dígame qué necesita que haga y lo haré.


Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Otra Esposa de mi Marido
Porque no me deja seguir leyendo, compre monedas y cuando llego al 608, ya no me deja...