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La Otra Esposa de mi Marido romance Capítulo 1081

Jairo no dejaba de presionar el pecho de la chica y, levantando la vista, le gritó a uno de los hombres de la Hermandad Gutiérrez que observaba la escena:

—¡Hazle respiración boca a boca, ya!

El muchacho se quedó pasmado y se señaló a sí mismo.

—¿Yo?

—¡Déjate de tonterías y hazlo!

Ante el grito, el muchacho no lo pensó dos veces. Cayó de rodillas, sostuvo la cabeza de Tatiana y comenzó a insuflarle aire. Coordinándose con las compresiones de Jairo, pasaron otros dos minutos hasta que, de forma milagrosa, Tatiana reaccionó.

Escupió varias bocanadas de agua, soltó un jadeo ahogado y tosió con fuerza. Poco a poco, fue recuperando el conocimiento. Al entreabrir los ojos y ver el rostro de Jairo, se quedó paralizada.

—Señorita Gutiérrez, está a salvo —le dijo Jairo con una sonrisa cortés pero distante. Luego se puso de pie y se dirigió a los hombres de Humberto—. A estas alturas, don Humberto ya debe estar enterado. Mande a algunos a buscarlo para brindarle apoyo.

Mientras tanto, Humberto, fingiendo estar inmerso en sus pensamientos con la cabeza gacha, notó que el pequeño dispositivo negro parpadeaba tres veces bajo su ropa. Un brillo feroz iluminó sus ojos.

¡Habían rescatado a su hija!

Con esa confirmación, la angustia que le oprimía el pecho se esfumó. Toda la duda, la preocupación y el miedo que había sentido se transformaron en una ira implacable. ¡La Alianza Lunar se había atrevido a tocar a su hija, y se aseguraría de que pagaran con sangre!

—Don Humberto, se le acaba el tiempo.

Salomón miró deliberadamente el temporizador sobre el mueble detrás de Humberto. Faltaban cinco minutos, pero en realidad, a esas alturas el sótano ya debía estar lleno de agua y Tatiana llevaría un buen rato ahogada.

—Cambiar su vieja vida por la de su hija me parece un trato muy justo.

Un destello de arrogancia cruzó por los ojos de Salomón. Su triunfo alcanzó el punto máximo al ver que Humberto tomaba el cuchillo y se lo apoyaba contra el pecho.

Humberto apartó de una patada al matón que tenía enfrente, miró a Salomón y soltó una risa gélida.

—Puedes llamarlos si quieres. Otra cosa muy distinta es que te contesten.

—¿De qué carajos hablas?

—¡De lo que escuchaste!

Al ver la seguridad en el rostro de Humberto, Salomón intuyó que algo andaba mal. Marcó de inmediato. El teléfono sonó más de diez veces antes de que alguien al otro lado descolgara.

Suspiró aliviado y, clavando la mirada en Humberto, soltó con su voz más cargada de veneno:

—¿Qué pasó con Tatiana? ¿Ya se ahogó? ¡Si está muerta, sáquenla y háganla pedazos! ¡Y si sigue viva, háganla sufrir como nunca!

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