—Papá, ¿tienes idea de lo que sentí cuando pensé que estaba muerta y, al abrir los ojos, vi este rostro?
Humberto parpadeó, confundido.
—¿Qué sentiste?
—¡Pensé que había llegado al cielo y me había encontrado con un ángel! Hasta pensé: "Si alguien como yo logró entrar al paraíso, los requisitos no deben ser tan estrictos".
—...
¿Pero qué estaba diciendo esa muchacha?
Jairo se aclaró la garganta, incómodo.
—Señorita Gutiérrez, tengo esposa, y nos amamos profundamente. Así que le ofrezco una disculpa.
La decepción fue evidente en el rostro de Tatiana.
—Supongo que no soy menos atractiva que su esposa, ¿verdad?
—La verdad es que no hay punto de comparación con mi esposa. Y me refiero a absolutamente todo.
Jairo lo dijo con tal sinceridad que resultaba imposible no creerle. Y lo hizo sin el más mínimo tono de arrogancia ni la intención de menospreciarla.
—Pues no le creo. No puede haber en el mundo una mujer más increíble que yo. ¡Tendré que conocerla algún día!
—Por supuesto. Algún día la invitaremos a cenar.
Jairo se despidió de Humberto con un asentimiento y se marchó.
Tatiana se quedó embelesada mirando su figura mientras se alejaba.
—Mira ese porte que tiene. Solo verlo caminar ya te deja sin aliento. Papá, creo que esto es en serio. Me he enamorado.
Humberto se frotó la frente, resignado.

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Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Otra Esposa de mi Marido
Porque no me deja seguir leyendo, compre monedas y cuando llego al 608, ya no me deja...