—Oh, ¿y qué prefieres que te digan? —preguntó Tatiana, pareciendo realmente interesada.
Samuel levantó la barbilla con orgullo.
—¡Que me digan que soy muy guapo, obvio!
Tatiana adoptó una expresión exagerada de sorpresa.
—¡Wow! ¡Qué muchacho tan guapo! Si yo fuera unos añitos más joven, ¡te juro que te elegiría como mi novio!
Esto hizo reír a Samuel.
—Pero usted no es mi tipo, señora.
—¿Ah, no? —Tatiana puso los ojos en blanco con curiosidad—. ¿Y cuál es tu tipo?
—Me gusta Amelia, una niña de mi salón.
—Vaya, así que ya tienes novia.
—No es mi novia. Yo no le gusto.
—Con lo guapo que eres, es increíble que a una niña no le gustes. Es una locura.
Samuel puso una cara de sufrimiento.
—A ella le gusta Beto.
—¿Y ese Beto está muy gordito?
—No, es morenito.
Tatiana no supo qué responder de inmediato. Después de un momento de silencio, comentó:
—Entonces esa niña tiene mal gusto. ¿Cómo va a preferir a Alberto antes que a ti?
—¡Beto!
—Ah, sí, Beto.
Samuel suspiró profundamente.
—Por eso ya tomé una decisión. En las vacaciones de verano, me la pasaré jugando bajo el sol para broncearme. Cuando esté más morenito, seguro le gustaré a Amelia.
Al ver cómo su hermano podía platicar con cualquiera y, sin ninguna reserva, revelar todos sus secretos, Lucas no pudo evitar mirarlo como si fuera un completo idiota.
—¿Y tú eres el hermano mayor? —preguntó Tatiana, dirigiéndose a Lucas.
Lucas le lanzó una mirada fría.
—Señora, ¿usted de verdad es amiga de mi mamá?
—Oh —dijo Samuel, metiéndose un puñado de papas fritas en la boca—. Pues me cayó bien la señora.
Lucas no aguantó más y volvió a mirarlo con reproche.
—¿Acaso también te comiste el cerebro junto con esas papas?
Samuel abrió mucho los ojos.
—¡Oye, no digas tonterías! ¡¿Por qué me comería mi propio cerebro?!
No pasó mucho tiempo antes de que Tatiana regresara cargando dos bolsas enormes llenas de comida.
Las metió en la cajuela y volvió a subir al asiento del copiloto.
—Les cuento que tomé clases de cocina con un chef profesional. Sin problemas podría ganar un concurso gastronómico. Prepárense, que hoy van a comer como reyes.
Isabella miró de reojo a Tatiana: con su chaqueta de cuero, pantalones de mezclilla, cabello corto y rostro de facciones marcadas, parecía la típica mafiosa salida de una película. Resultaba muy difícil imaginar qué clase de banquete iba a preparar.
Al llegar a casa, la planta baja estaba en silencio, solo la cocina estaba iluminada.
—¡Papi! ¿Estás cocinando? ¡Huele a chuletas de cerdo con manzana!
Samuel tiró su mochila al suelo y salió corriendo hacia la cocina. Segundos después, se escuchó la voz de padre e hijo platicando.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Otra Esposa de mi Marido
Porque no me deja seguir leyendo, compre monedas y cuando llego al 608, ya no me deja...