Lo pensó una y otra vez y, finalmente, decidió echar toda la vergüenza por la borda.
—¡Pues sí, soy la amante de su padre! ¡A él le gusto así, apasionada y extrovertida! ¡Dice que su esposa es aburrida como una piedra, y que yo le hago sentir joven otra vez!
Si la insinuación de Isabella había dejado a todos atónitos, la confesión de Casandra los dejó completamente pasmados.
—¡Mamá! —le gritó Otilia.
Gabriel:
—Hija de tu…
Diana fue la última en reaccionar. Se abalanzó sobre Casandra para arrancarle las palabras de la boca.
—¡Vieja desgraciada, te voy a enseñar a no andar diciendo mentiras! ¡Te mato!
El policía, que se estaba enterando de un chisme de proporciones épicas, se apresuró a separarlas.
—¡A ver, tranquilas las dos!
—Yo… yo… ¡tener que aguantar a esta…! Otilia, tú… ¡eres para la familia Ibáñez una…! —Cada palabra de Diana era un campo de minas, no podía terminar una frase, no podía desahogar su ira. Al final, solo pudo apretar los dientes.
—¡Señora, cómo puede destruir una familia y ser una vieja amante descarada! —Tras soltar la acusación, Isabella apenas pudo contenerse. Tuvo que taparse la cara con las manos para poder reír.
Casandra tenía la piel dura. Aunque las palabras eran hirientes, podía soportarlas.
—¿Y qué si soy una vieja amante? ¿Acaso es ilegal?
—¡Mamá, por favor, ya no digas más! —Otilia solo quería que la tierra se la tragara.
El policía carraspeó.
—Entonces, ¿este asunto?
Gabriel apretó los dientes con fuerza.
—Sí, es un asunto de familia.
Una hora después, todos estaban de vuelta en la casa de los Ibáñez.
Raúl no tenía ni idea de lo que había pasado, solo sabía que al llegar a casa no había nadie.
—¿Dónde se habían metido todos? —preguntó, frunciendo el ceño.
Isabella se adelantó a los demás, se plantó frente a Raúl y, con aire indignado, le dijo:
—Papá, siempre lo he respetado, pero, ¿cómo pudo hacer algo tan descarado? ¿No le da vergüenza con mi mamá? ¿Con nuestra familia?
«¿De mi lado? ¿Qué significa eso?».
—¡La apoyo si quiere divorciarse de papá!
Diana se quedó de piedra. ¡Ella nunca había dicho que quería divorciarse!
Isabella, todavía fingiendo indignación, le arrebató la bolsa de compras a Casandra y le arrojó la lencería roja a Raúl.
—¡Descarado!
Tras soltar el insulto, Isabella sintió un gran alivio, pero mantuvo su expresión de enfado y se marchó con paso decidido.
Apenas había salido al patio cuando se oyó un fuerte estruendo, como si algo se hubiera roto. Luego, el grito de Raúl:
—¡Explíquenme ahora mismo qué demonios está pasando!
La situación era en realidad muy simple, pero cómo había llegado a ese punto, ni la familia Ibáñez ni las Soto podían explicarlo.
Cuando Raúl se enteró de que tenía una amante tan vulgar y pendenciera como Casandra, y de que su reputación estaba por los suelos, no lo soportó y se desmayó.
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Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Otra Esposa de mi Marido
Porque no me deja seguir leyendo, compre monedas y cuando llego al 608, ya no me deja...