La situación era más que evidente. Lorenzo desvió la mirada un par de veces y, de repente, se dejó caer de rodillas frente a Fabio.
—¡Fabio, por favor, por todos los años de amistad que tenemos, ayúdame! ¡Te juro que si me ayudas a salir de esta, no vuelvo a pisar un casino en mi vida! ¡Sálvame, si no les pago me van a cortar las manos y los pies, te lo suplico, tengo mucho miedo!
Lorenzo lloraba a mares, con los mocos colgando, pero el rostro de Fabio se endureció.
—¿El dinero que me pediste prestado antes también era para pagar deudas de juego?
—Yo...
—Me pediste prestado al menos diez veces. Deben ser decenas de millones en total. Me dijiste que tu empresa tenía problemas de flujo de caja y te creí. ¡Si hubiera sabido que era para apostar, no te habría dado ni un solo centavo!
—¡Es la última vez! Te lo juro por mi vida, Fabio. ¡Sálvame, por favor!
Lorenzo intentó aferrarse a las piernas de Fabio, pero este lo apartó de una patada.
—¡Contigo nunca hay una última vez!
Los demás amigos también le habían prestado dinero a Lorenzo en algún momento. No es que no tuvieran corazón, es que sabían que ese hombre ya no tenía salvación.
—Lorenzo, no podemos darte más plata. Si lo hacemos, solo te estamos hundiendo más.
Lorenzo se quedó paralizado. Había planeado toda esta cena pensando que bastaría con un par de palabras para que Fabio abriera la billetera, pero ahora se negaba a ayudarlo, incluso después de haberse humillado de rodillas.
Los cobradores también se dieron cuenta de la jugada. Enfurecidos por la pérdida de tiempo, levantaron a Lorenzo del suelo de un tirón y le dieron dos patadas brutales en las costillas.
—¡Hijo de perra! ¡Me dijiste que si veníamos hoy y fingíamos darte una paliza, tus amigos ricachones te iban a pagar la deuda! ¡Y yo como un idiota te creí, traje a mis muchachos y no hemos visto ni un peso!
Mientras más hablaba el líder de los matones, más se enfurecía, golpeando a Lorenzo con saña.
Las compañeras de clase, aterradas por la violencia, retrocedieron hacia el interior del salón privado, y fue entonces cuando notaron que Tatiana seguía comiendo tranquilamente.
—No es por nada, pero esta pierna de cordero está espectacular —comentó Tatiana, jalando el plato entero hacia ella. Comía con tantas ganas que ni siquiera se acordó de servirle a Ignacio.
Ignacio, por su parte, echaba vistazos hacia el pasillo de vez en cuando para ver el espectáculo, pero la mayor parte del tiempo también seguía comiendo.
—Ya no me sirvas más, no me va a caber.
—Tú come, aprovecha.

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Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Otra Esposa de mi Marido
Porque no me deja seguir leyendo, compre monedas y cuando llego al 608, ya no me deja...