—¡Pero si es la mismísima señorita Gutiérrez!
El rostro del líder de los matones cambió de inmediato. Puso su mejor sonrisa y se acercó casi corriendo hasta Tatiana, con una actitud sumisa.
—Perdone mi ceguera, señorita Gutiérrez. No la reconocí al principio. Espero no haber interrumpido su cena.
Tatiana no ubicaba bien a ese hombre, pero sabía que cualquiera que se moviera en el bajo mundo de la ciudad tenía que conocer su rostro.
—No te preocupes, tengo buen estómago —respondió ella con calma.
—¿Vino sola? ¿No trajo a sus guardaespaldas?
—Traje a uno.
Tatiana le dio un leve empujón a Ignacio con el codo. Él entendió de inmediato, se puso detrás de ella y adoptó una postura firme.
—Yo soy el guardaespaldas de la señorita Gutiérrez.
El líder miró a Ignacio de arriba a abajo. Al ver que no parecía el típico matón musculoso, torció un poco los labios, restándole importancia.
—Si usted gusta, mis muchachos y yo nos quedamos haciendo guardia afuera, y cuando termine, la escoltamos hasta su casa.
—No es necesario —Tatiana agitó la mano para rechazar la oferta—. Tampoco es que sea la persona más buscada de la ciudad, no tengo tantos enemigos. Ustedes sigan en lo suyo, hagan de cuenta que no estoy aquí.
El líder de los cobradores había pensado que, al estar compartiendo mesa, Lorenzo era amigo de ella, y ya estaba a punto de perdonarle la deuda por esa noche. Sin embargo, al escuchar el tono indiferente de Tatiana, le quedó claro que ahí no había ninguna amistad.
Mientras tanto, todos los presentes se quedaron helados al ver cómo el matón trataba a Tatiana.
¿La señorita Gutiérrez?
¿Esa muerta de hambre era alguien importante?
Lorenzo, que había estado recibiendo golpes hasta ese momento, vio una oportunidad de oro y reaccionó rápido.
—¡Tatiana, por favor! A fin de cuentas somos excompañeros, no puedes dejar que me maten a golpes. Diles algo a mi favor, te lo suplico. ¡En cuanto tenga dinero, les juro que les pago!
Tatiana rodó los ojos.
—¿No eras tú el que me estaba llamando arrastrada hace cinco minutos?
—¡Fui un imbécil, mi boca es un asco! —Lorenzo empezó a darse cachetadas a sí mismo con desesperación.
—Tranquilo, no te golpees, que de todas formas no te voy a ayudar.

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Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Otra Esposa de mi Marido
Porque no me deja seguir leyendo, compre monedas y cuando llego al 608, ya no me deja...