Isabella se despertó bastante temprano, antes de que el sol saliera, pero descubrió que Jairo se había levantado mucho antes que ella.
Pensó que estaría afuera haciendo ejercicio, pero al asomarse por el balcón, no lo vio por ninguna parte. Todo en la casa estaba en completo silencio. Llena de dudas, se arregló y bajó las escaleras. Tal como sospechaba, estaba completamente sola.
En la mesa de la sala habían dejado una nota: "Nos fuimos a ver el amanecer. Cuando despiertes, búscanos allá. Te estaremos esperando".
Isabella no pudo evitar quejarse de que se hubieran ido sin ella y encima la obligaran a alcanzarlos por su cuenta.
Pero después de rezongar un poco, subió a ponerse ropa deportiva y tenis, y salió hacia su destino.
No muy lejos de la casa había un cerro. No era muy alto, pero tenía una vista despejada y perfecta para ver el amanecer. Isabella, aprovechando para hacer algo de ejercicio, subió trotando.
Sin embargo, a mitad de camino, notó algo extraño.
A ambos lados del sendero había arreglos florales muy hermosos. Por lo frescos que se veían, seguramente los habían colocado la noche anterior.
¿Acaso habría algún tipo de evento por ahí?
Miró a su alrededor, pero no vio a nadie. Además, era un lugar muy apartado, a quién se le ocurriría organizar una fiesta allí.
Intrigada, Isabella siguió subiendo por el camino adornado. No tardó mucho en llegar a la cima y, de repente, comenzó a sonar un piano. Dio un respingo del susto y levantó la mirada, encontrándose con Floriana, Víctor y los tres niños. Todos estaban elegantemente vestidos y la miraban con enormes sonrisas.
—Pero... ¿qué está pasando aquí?
Isabella dudó en dar otro paso, pero Floriana se acercó, la tomó de la mano y la arrastró hacia arriba. Fue entonces cuando vio a Jairo.
Estaba parado justo al final del sendero de flores, esperándola.
—Anda, ve con él —le susurró Floriana al oído.
Isabella finalmente entendió lo que sucedía; sacudió la cabeza, rió suavemente y caminó hacia él.
—Deberías haberme avisado. Mírame, estoy en ropa de ejercicio.
Se había puesto su conjunto deportivo, no llevaba ni una gota de maquillaje y había llegado sudando por la corrida.
Jairo, en cambio, llevaba un traje impecable, corbatín incluido, que resaltaba su apuesto rostro como si fuera todo un rey. Y el rey, sin decir palabra, la miró a los ojos con infinita ternura y se arrodilló sobre una pierna.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Otra Esposa de mi Marido
Porque no me deja seguir leyendo, compre monedas y cuando llego al 608, ya no me deja...