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La Otra Esposa de mi Marido romance Capítulo 333

Isabella le dedicó una sonrisa y un asentimiento a Mauricio, y luego se acercó con Luna.

—Nuestra intención era primero hacer una cita con su secretaria y, cuando tuviera tiempo, invitarlo a cenar. No esperábamos que usted nos llamara primero y nos invitara. Nos sentimos muy halagadas.

Isabella lo dijo en tono de broma, pero al tenderle la mano se inclinó ligeramente, demostrando su humildad, así como su respeto y consideración hacia Mauricio.

—Señora Crespo, si le dijera que entre amigos no hay por qué ser tan formal, ¿creería que me estoy dando demasiada importancia? —respondió Mauricio, también en tono de broma.

Isabella arqueó una ceja. —¿Acaso no somos amigos?

Mauricio frunció el ceño. —Si alguien dice que no somos amigos, tendré que discutirlo con él. Que la señora Crespo, con lo ocupada que está, vaya a visitar a mi madre y la convenza de comer, ese es un gesto que solo se da entre amigos, y amigos de verdad, de esos que valen oro.

Tras romper el hielo con unas bromas, Isabella adoptó un tono más serio. —Siempre recordaré que, cuando estaba a cargo de mi primer proyecto, sin experiencia ni contactos, Mauricio confió en mí, me dio mi primera oportunidad y me abrió las puertas de mi carrera. Ese gesto, yo, Isabella, lo recordaré toda mi vida.

Eran palabras sinceras. Estaba profundamente agradecida con Mauricio. Y por eso mismo, después de su primera colaboración, siguió visitando a su madre, brindándole algo de consuelo.

—Señora Crespo, no exagere. Por favor, siéntense.

Raúl estaba sentado frente a ellos, así que Isabella y Luna tuvieron que sentarse a un lado.

Mauricio, algo apenado, se levantó de nuevo para servirles el té personalmente.

—¡Hay gente que de verdad no tiene vergüenza, interrumpiendo justo cuando otros están hablando de negocios! —dijo Raúl con el rostro ensombrecido y un tono cargado de ira.

Isabella exclamó con sorpresa fingida y le preguntó a Mauricio: —¿Llegamos en mal momento? ¿Los interrumpimos?

Mauricio negó con la mano. —Salí temprano del trabajo a propósito, reservé en este restaurante y las estaba esperando. Fue pura casualidad encontrarme al señor Ibáñez. Ni siquiera me preguntó si tenía una cita, simplemente se sentó.

Sus palabras dejaban claro que Raúl se había sentado allí por su cuenta y riesgo, que Mauricio no lo había invitado.

El rostro de Raúl se ensombreció aún más, apretó los dientes, pero no se levantó.

—Mauricio y yo estábamos teniendo una charla muy agradable.

Mauricio sonrió, divertido. —¿Ah, sí?

—¡Eres una… eres una víbora!

—Señor Ibáñez, más le vale que aclare a qué se refiere con eso de víbora, o tendré que denunciarlo por difamación en público.

—¡Metiste a Gabriel en la cárcel, y ahora quieres meterme a mí también!

—¿No fueron ustedes los que infringieron la ley en primer lugar?

—¡Tú!

—Entonces, ¿en qué soy una víbora?

Raúl apretó los dientes con fuerza. —¿No estás aquí ahora mismo para competir con nosotros por el proyecto del hotel de Empresa Futuro?

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