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La Otra Esposa de mi Marido romance Capítulo 493

Ignacio casi dio un brinco.

—¿La señora Crespo? ¿Cuál señora Crespo? ¿Estás seguro de que la viste bien?

El joven hizo una mueca.

—En todo Nublario solo hay una señora Crespo, la que nuestro señor Crespo aprobó. ¿Acaso hay otra?

—Ese no es el punto. Lo importante es, ¿de verdad la viste entrar al reservado de Matías?

—Lo vi con mis propios ojos.

A Ignacio le empezó a doler la cabeza. Isabella desaparecía por seis años y, justo al volver, se metía en la habitación de ese viejo depravado de Matías.

«No, no puede pasarle nada».

Ignacio se levantó de inmediato y se dirigió hacia la terraza.

Afuera soplaba un viento fuerte. Jairo y Facundo fumaban apoyados en la barandilla.

—Que el resort de ustedes ganara la licitación para el servicio de alojamiento de este evento ha despertado la envidia de muchos, sobre todo del Grupo Méndez —dijo Facundo, sacudiendo la ceniza de su cigarro.

Jairo dio una calada profunda.

—Todos quieren usar este evento como trampolín para conseguir los contratos de las ferias comerciales internacionales que el gobierno organizará el próximo año.

—Si hablamos estrictamente de servicio hotelero, el Grupo Crespo no es tan profesional como el Grupo Méndez.

—Exacto, por eso necesitamos más experiencia. Supongo que los de arriba piensan lo mismo.

Facundo sonrió.

—Eso es jugar sucio.

Jairo exhaló el humo.

—Mientras haya dinero de por medio, que digan lo que quieran.

—Parece que la hija del alcalde Ricardo Zúñiga quedó flechada contigo.

—Ah, sí.

—¿No te interesa?

—Sí.

Matías era conocido por sus métodos retorcidos. Algunas chicas entraban enteras a su habitación y salían destrozadas.

—No perdamos tiempo, vamos a sacarla de ahí.

—¿Deberíamos decirle a Jairo?

—Mejor no. No le gusta que mencionen el nombre de Isabella. Cada vez que lo oye, se le rompe el corazón. Le dolió mucho.

Ignacio hizo una mueca. Era una exageración, pero no del todo falsa.

Los dos corrieron hacia el reservado de Matías. Justo cuando llegaban, la puerta se abrió de golpe desde adentro y un hombre bastante corpulento salió volando, expulsado por una patada.

Con un grito de dolor, aterrizó pesadamente en el suelo.

Los dos guardaespaldas que custodiaban la puerta se quedaron atónitos por un segundo antes de entrar corriendo. Poco después, ambos fueron expulsados de la misma manera, uno tras otro.

Ignacio y Facundo intercambiaron una mirada y, de mutuo acuerdo, se escondieron en el hueco de la escalera.

Entonces vieron a Isabella salir, sacudiéndose las manos. Su ropa estaba impecable y no tenía ni un rasguño. Aún insatisfecha, se acercó a uno de los hombres caídos y le dio una patada en el estómago.

—¿No que muy gallito, eh? ¿No decías que este era tu territorio, que si me ordenabas reír no podía llorar, y si me ordenabas llorar no podía reír? ¡Y encima dices que nadie vendría a rescatarme, que mejor te obedeciera! ¡Qué chiste! ¿Desde cuándo necesito que alguien me rescate?

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