Durante esos seis años, Isabella visitaba Nublario de vez en cuando, y en cada ocasión, comía con Rafael.
Al principio se sentía extraña, sin saber cómo actuar o qué sentir frente a él. Pero poco a poco, comenzó a percibir su amor, un amor de padre que siempre le había resultado imposible de rechazar.
Como Rafael tenía una cena de gala esa noche y Isabella le había prometido a Samuel que lo recogería de la escuela al día siguiente, solo podían verse fugazmente en el hotel donde se celebraba el evento.
Así que Isabella compró dos menús del día para llevar y fue directamente a la suite de descanso de Rafael.
Cuando entró, un estilista estaba arreglándole el peinado.
—A mi edad es normal tener arrugas, no hace falta que las cubran con tantas cosas. Me ponen capa sobre capa, ni que fueran a resanar una pared.
Rafael apartó la mano del estilista y se miró al espejo.
—Esto no es una fiesta de disfraces, y yo no soy un viejo hechicero. Si salgo así, voy a asustar a más de uno.
El comentario dejó al estilista en una posición incómoda, y el resto del personal no se atrevió a decir nada.
—Usted puede insultarse a sí mismo, pero ¿por qué me incluye a mí? —bromeó Isabella a propósito.
Al verla, el rostro malhumorado de Rafael se iluminó con una sonrisa.
—Niña, ¿cuándo te he insultado?
Isabella se acercó.
—Si usted se llama a sí mismo viejo hechicero, ¿entonces yo no sería una pequeña hechicera?
Dicho esto, se miró en el espejo.
—Aunque con mi belleza, necesitaría al menos mil años de práctica para verme así de bien.
Rafael soltó una carcajada, pero enseguida se dio cuenta de que, al reír con tantas ganas, el maquillaje alrededor de sus ojos se había cuarteado visiblemente.
Quería reír, pero también estaba a punto de enfadarse.
Isabella carraspeó.



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Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Otra Esposa de mi Marido
Porque no me deja seguir leyendo, compre monedas y cuando llego al 608, ya no me deja...