Un grupo consistía en diez familias. Uno de los padres haría equipo con su hijo para recoger jitomates y, dentro del tiempo límite, la familia que recolectara el mayor peso ganaría un reconocimiento.
Lucas echó un vistazo a los tenis que llevaba Isabella y asintió satisfecho.
—Más te vale no ser un lastre.
—¡Ja! —resopló Isabella—. Siempre he sido una bala para los deportes. Más bien, a ver si tú no me estorbas a mí.
—Yo nací siendo un campeón, debe ser la genética de mi mamá.
—Ejem, ejem —carraspeó Isabella. Este niño era como un avispón, siempre listo para picarla—. Creo que es posible.
—Lástima que ella falleció.
—Ah…
«¿Podría dejar de decir que estoy muerta? Me da un escalofrío cada vez que lo oigo».
Isabella miró a su alrededor. Había algunos papás participando, pero la mayoría eran mamás, todas preparándose con entusiasmo. Aunque no era una competencia formal, los niños se lo tomaban en serio, y por ende, los padres también.
La única excepción eran Esther y su hija, que estaban a su lado. Esther estaba regañando a su asistente por no haberle traído un par de tenis. Rocío, con un puchero, también le gritaba a todo el personal que rodeaba a su madre.
—¡Tú, quítate esos tenis y dáselos a mi mamá! —le ordenó a una de las asistentes.
Antes de que la asistente pudiera responder, Esther habló primero:
—Ni loca me pongo los zapatos de otra. ¡Qué asco!
—¡Pero con esos tacones no vas a poder ayudarme a ganar! —protestó Rocío.
—¿Y si mejor no participamos? No tiene chiste.
—¡No! ¡Tengo que participar y tengo que ganar!
Esther suspiró con resignación, pero su debilidad por su hija la venció y terminó cambiándose los zapatos con la asistente.
—Para la otra no compres cosas tan baratas, son súper incómodas —se quejó al ponérselos.
Fuera de la vista de Esther, la asistente rodó los ojos varias veces. Esther le había quitado sus tenis, pero no le permitió a ella usar sus tacones, diciendo que eran muy caros y que una simple asistente no podría pagarlos si se arruinaban.
Con su madre en tenis, la confianza de Rocío se disparó. Se giró hacia Lucas y le dijo:
Con un suspiro, Lucas se giró hacia otro lado y le preguntó a un niño:
—¡Oye, Ciro! ¡Rocío dice que te gusta!
El pequeño Ciro, que estaba animando a su mamá, casi se cae del susto.
—¡A mí por qué me va a gustar esa bruja! ¡A mí me gusta la pizza!
Satisfecho con la respuesta, Lucas se volteó de nuevo hacia Rocío.
—Te recomiendo que no andes inventando chismes de los niños del salón, ¡o la que va a terminar con un ojo morado eres tú!
Los ojos de Rocío se enrojecieron de furia.
—¡Lucas, yo… yo te voy a ganar!
Lucas le devolvió una sonrisa burlona, fingiendo indiferencia. Pero en cuanto se giró hacia Isabella, su expresión cambió.
—No tenemos que ser los primeros, ¡pero a ellas dos les tenemos que ganar!

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Otra Esposa de mi Marido
Porque no me deja seguir leyendo, compre monedas y cuando llego al 608, ya no me deja...