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La Otra Esposa de mi Marido romance Capítulo 522

Isabella se golpeó el pecho con seguridad.

—¡Pan comido!

Con lo delicada que se veía Esther, ganarle sería un juego de niños.

El silbato del maestro sonó, dando inicio a la competencia. Isabella era la primera en recoger, mientras que Lucas se encargaba de llevar los jitomates hasta el inicio del surco y depositarlos en su canasta.

El camino en el sembradío era un desastre, y la gente acostumbrada a la ciudad no tardó en tener problemas. Varios adultos y niños tropezaron y cayeron.

El maestro, con un megáfono en mano, no dejaba de recordarles a todos que tuvieran cuidado.

Isabella y Lucas se movían con una rapidez impresionante. Después de todo, ambos tenían entrenamiento en artes marciales, así que para ellos, el terreno irregular era como caminar sobre piso liso.

Mientras recogía, Isabella no dejaba de observar a los otros equipos, especialmente al de Esther. Comparados con ellas, su ventaja era abrumadora.

Con el paso de los minutos, Isabella estaba segura de que la victoria era suya. Se giró para ver su canasta y se quedó de una pieza.

A pesar de todos los jitomates que habían llevado, la canasta apenas estaba a la mitad.

Pero ¿cómo…?

Lucas tampoco entendía nada.

—Siento que entre más le echamos, menos tiene.

Ambos se miraron, detuvieron lo que estaban haciendo y comenzaron a vigilar el área de las canastas. No tardaron en descubrir el problema: Rocío había estado sacando jitomates de su canasta a escondidas.

Y aunque se suponía que era en secreto, lo hacía justo frente a los maestros, que no decían ni una palabra.

Lucas corrió hacia allá, furioso, y la atrapó con las manos en la masa.

—¡Estás robando nuestros jitomates! ¡Eso es trampa!

Rocío, a pesar de haber sido descubierta, no mostró ni una pizca de vergüenza.

—¡Yo no les robé nada!

—¡Te acabo de ver! ¡Y todavía tienes en la mano uno de los jitomates que sacaste de nuestra canasta!

—¡Te digo que no robé nada!

Lucas estaba que echaba humo por las orejas. Les gritó a los maestros:

—¡Usted…!

—Ah, o sea que a veces ven y a veces no, ¿qué conveniente, no?

Los tres maestros se pusieron rojos y luego pálidos, sin saber qué responder.

Rocío, al ver su canasta vacía, soltó un berrido. Esther, al oír el llanto de su hija, salió corriendo del campo de jitomates.

—¡Mamá, nos robaron todos los jitomates! —acusó Rocío, haciéndose la víctima.

Era imposible que Esther no supiera lo que su hija había hecho, pero en lugar de corregirla, arremetió contra Isabella.

—¡Cómo se atreve una adulta como usted a robarle a una niña! ¿No le da vergüenza?

—Vergüenza, claro que tenemos. Lástima que no todos pueden decir lo mismo.

—¡Encima de que nos roba, todavía lo niega! ¡Aquí hay muchísima gente que puede testificar!

—¿Ah, sí? —entrecerró los ojos Isabella—. Pues me gustaría preguntar quién vio algo. ¿Quién vio a la verdadera ladrona?

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