A la mañana siguiente, Isabella intentó despertar a Lucas varias veces hasta que finalmente se levantó. Lo notó apático y con las mejillas sonrojadas, así que instintivamente le tocó la frente.
¡Estaba ardiendo!
—¡Tienes fiebre!
Seguramente se había resfriado por la lluvia de la noche anterior.
Isabella lo tomó en sus brazos y, mientras le ayudaba a vestirse, contactó a la maestra.
Lucas, incómodo, intentó zafarse.
—Estoy bien, puedo vestirme solo.
Pero en cuanto se liberó, ella lo atrapó de nuevo y lo apretó contra su pecho.
—Yo…
Entonces, Isabella pegó su mejilla a la frente de él para sentir mejor su temperatura.
—Deben ser como treinta y siete o treinta y ocho grados. Seguro va a subir más.
Mientras hablaba, terminó de vestirlo. Al ver que sus mejillas se ponían aún más rojas, su preocupación aumentó. Lo cargó en brazos y salió a toda prisa.
—Puedo… puedo caminar solo —susurró Lucas.
—Tranquilo, abrázame fuerte.
Lucas apretó los labios y, tras un instante de duda, la rodeó con sus bracitos y apoyó la cabeza en su hombro. Ella olía a algo dulce, un aroma diferente al de cualquier otra persona, un aroma muy agradable.
La maestra les trajo un antifebril y les consiguió un carro.
Isabella subió al carro con Lucas en brazos. El dueño del rancho, al enterarse de la situación, se acercó y les dio un vaso de agua caliente y dos tortillas de harina recién hechas.
Ya en camino a la ciudad, Isabella le dio a Lucas el medicamento y lo convenció de tomar un poco de agua.
—¿Quieres tortilla?
Lucas negó con la cabeza y escondió el rostro en el pecho de Isabella.
Ella le tocaba la frente a cada rato. Verlo tan decaído le partía el corazón, así que se inclinó y le dio un beso en la frente.
Lucas hizo un puchero y se removió en sus brazos.
—¡No te aproveches de mí!
—¿Pero qué hago si me gustas tanto? —respondió Isabella con una sonrisa.
—Hum, a mucha gente le gusto.
—¿De verdad?
«Qué bueno», pensó, «a tanta gente le gusta mi hijo».
—Pero ellos no me gustan a mí.
—¿Y yo?
—¿Tú? —titubeó por un momento—. No me desagradas tanto.
Isabella le dio otro beso, esta vez en la mejilla.
—¡¿Por qué estás con mi hijo?!
—Él…
—¡¿A dónde te lo llevaste?!
—Yo…
—¡¿Qué demonios quieres?!
—¿Puedes dejarme terminar de hablar?
La voz al otro lado del teléfono estalló, cargada de una furia apenas contenida.
—¡Fuiste tú la que dijo que no nos molestaríamos más! ¡¿Qué crees que estás haciendo ahora?!
—No quería molestarlos, es solo que… Lucas me pidió que lo acompañara a una actividad del kínder y… y no pude negarme. Pero te juro que no le he dicho nada que no debiera, y seguiré manteniéndome lejos de sus vidas.
—¿Dónde están ahora? Voy a mandar a alguien a recoger a Lucas.
—Vamos de regreso a la ciudad, en un carro. Lucas… tiene fiebre.
—¡Isabella!
—Lo llevaré al hospital ahora mismo. Yo… lo siento.
—¡No te vuelvas a acercar a Lucas, o te juro que no respondo!
Dicho esto, colgó.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Otra Esposa de mi Marido
Porque no me deja seguir leyendo, compre monedas y cuando llego al 608, ya no me deja...