—Isabella, estás temblando mucho, ¿qué tienes? —le preguntó Carlota después de usar el baño.
Isabella no podía asustar a Carlota, así que solo le dijo que no comiera nada de lo que el señor le diera.
—Pero tengo mucha hambre.
—¡Aunque tengas hambre, aguántate!
El hombre las llamó desde afuera. Isabella respiró hondo y salió con Carlota.
Como estaba lloviendo y no había sol, la habitación estaba muy oscura. En el comedor había una lámpara encendida, pero su luz amarillenta daba una sensación opresiva y lúgubre.
El hombre estaba sentado ahí y se volvió para sonreírles.
Bajo esa iluminación tenue, su sonrisa se veía espeluznante.
—¿No tenían hambre? Vengan a comer.
Isabella, temiendo despertar sospechas, tuvo que acercarse con Carlota.
En la mesa había dos platos con filetes de carne ya cocinados; el aroma se esparcía y el color era tentador.
Cuando se sentaron, el hombre se levantó y empujó los platos hacia ellas.
—Cocino bastante bien, pruébenlo.
Isabella pensó en los miembros mutilados sobre la cama. Esa carne no sería...
Al pensar en esa posibilidad, no pudo evitar otro escalofrío.
—¿Tú... tú no comes? —le preguntó al hombre.
El hombre negó con la cabeza.
—Acabo de comer, no tengo hambre.
—La verdad... la verdad es que yo tampoco tengo hambre. —Isabella empujó el plato de carne lejos de ella.
Ante el rechazo de Isabella, el hombre frunció el ceño, pero al final no dijo nada. Miró a Carlota y le dijo que comiera.
Carlota ya estaba salivando, pero recordando lo que le dijo Isabella, tuvo que aguantarse.
—¡Ella tampoco tiene hambre!
Isabella empujó también el plato de Carlota.
Esta vez el hombre sí se molestó un poco.
—¿No dijo hace un rato que tenía hambre? Por eso fui a la cocina a preparar algo. Y ahora que está listo, ¿ya no tienen hambre? ¿Me están tomando el pelo?
—No, no es eso, ¡es que ella es alérgica a la carne!
—¿Alérgica a la carne? —El hombre parecía incrédulo—. No es carne rara, es carne de res.
—Exacto, es alérgica a la carne de res.
El hombre soltó un suspiro pesado, se dio la vuelta hacia la cocina y regresó con un paquete de galletas.
El hombre no entendió.
—¿Por qué me dices eso de repente?
Isabella se puso de pie.
—Es que siento que... que está muy aburrido esto. ¿Qué tal si te hago una demostración de artes marciales?
El hombre apretó los labios, con esa expresión incómoda de quien mira a un loco.
—Fíjate bien, soy buenísima.
Isabella se fue rápidamente a un espacio vacío en la sala y ejecutó una serie de movimientos de alta dificultad. Lo hacía para intimidar al hombre, para que le tuviera miedo y no se atreviera a atacarlas fácilmente.
Total, se trataba de ganar tiempo como fuera.
Hizo una rutina, luego otra, y cuando quería hacer una más, la puerta fue derribada.
Una docena de policías irrumpió en la casa. Isabella, rápida de reflejos, jaló a Carlota hacia ella y se escondió detrás de los oficiales.
—¡Es él, mató a alguien!
El hombre estaba totalmente confundido.
—¿Yo maté a alguien?
—¡Ni intentes negarlo! —Isabella señaló la pequeña habitación del lado este—. ¡Lo vi todo! ¡Tanta sangre! ¡Me temo que no has matado solo a uno!

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Otra Esposa de mi Marido
Porque no me deja seguir leyendo, compre monedas y cuando llego al 608, ya no me deja...