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La Otra Esposa de mi Marido romance Capítulo 1177

Durante el desayuno, Isabella le preguntó a Enzo cuántos años tenía y en qué mes cumplía.

Enzo se encogió en su silla y agachó la cabeza. Isabella, pensando que lo había asustado, se apresuró a decirle que no era necesario que respondiera. Sin embargo, apenas terminó la frase, Enzo susurró su fecha de cumpleaños con una vocecita apenas audible, como un zumbido.

Isabella dejó escapar un suspiro de alivio.

—Entonces eres seis meses menor que Lucas y Samuel. Eres el hermanito menor de la casa.

—¿De verdad? —Antes de que Enzo pudiera reaccionar, Samuel saltó de alegría—. ¡Tengo un hermanito nuevo, qué buena onda!

Se volvió hacia Enzo y le ordenó con una gran sonrisa:

—¡Vamos, dime hermano mayor!

Enzo ya le había tomado mucho cariño a Samuel y no se sentía intimidado por él, así que sin dudarlo soltó un claro: Hermano mayor.

Esa simple frase dejó a Samuel levitando de orgullo. Empezó a parlotear prometiéndole que de ahora en adelante compartiría todas sus cosas buenas con él, que lo protegería de cualquiera que quisiera molestarlo y asumió por completo el papel de guardián.

Enzo se limitó a beber la leche que tenía frente a él. Isabella no sabía si realmente tenía un apetito tan pequeño o si simplemente le daba vergüenza pedir más, así que le hizo una seña con los ojos a Samuel. El niño captó la indirecta al vuelo y le puso un buen sándwich en la mano a Enzo.

—Tienes que comer mucho para que crezcas alto y fuerte como yo.

Enzo no dijo nada, pero bajó la cabeza y empezó a comer.

Después del desayuno, Isabella los dejó en la escuela y se dirigió a la oficina. Para su sorpresa, se encontró a Víctor en su despacho.

Tenía el cabello hecho un desastre, la barba crecida, la ropa arrugada y apestaba a alcohol. Parecía literalmente un vagabundo con resaca, y estaba profundamente dormido en su sofá.

Isabella se tapó la nariz, se acercó y le dio una patada. Al ver que abría los ojos, aturdido, le preguntó:

—¿En dónde te habías metido todos estos días?

Víctor tardó un buen rato en recuperar la noción del tiempo. Finalmente se sentó y, al ver que Isabella se mantenía alejada con la nariz tapada, soltó un bufido.

—¿Tan mal huelo?

Se olisqueó a sí mismo y él mismo casi se asfixia.

—¿Se puede saber por qué no te has bañado?

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