Ante la insistencia de Floriana, Víctor subió algunos escalones corriendo. Al voltear, vio que ella se arrastraba con dificultad, aferrándose al barandal, y se dio cuenta de que tenía la pierna lastimada.
—¿Cuántos años tiene tu hija?
—Acaba de cumplir seis.
Víctor asintió y aceleró el paso hacia la azotea.
Al llegar arriba, Víctor buscó por todos lados pero no vio a nadie. Justo cuando empezaba a pensar que la mujer lo había engañado, escuchó un llanto no muy lejos.
Era intermitente, muy débil, como el maullido de un gato.
Siguió el sonido y llegó hasta el borde. Al mirar hacia abajo, vio a una niña pequeña aferrada a los barrotes con una mano y abrazando a un gato atigrado con la otra. Sus pies se apoyaban precariamente en un letrero publicitario más abajo. ¡Estaban en la cima de un edificio de treinta pisos!
Al ver la escena, incluso Víctor frunció el ceño.
—Señor... tengo mucho miedo... —Carlota, al ver a alguien, pidió ayuda llorando.
Víctor detestaba ver llorar a las mujeres, y le resultaba igual de molesto aunque fuera una niña tan pequeña y adorable. Sin embargo, trepó al barandal y se inclinó, tratando de alcanzar la muñeca de la niña.
—Señor... no aguanto más...
—¡Pues tira al gato y agárrate con las dos manos!
—No, el gatito se va a morir.
—¡Tú también te vas a morir si sigues diciendo pendejadas!
—Señor, salve al gatito primero, por favor.
Víctor respiró hondo.
—¿Tus papás son idiotas o qué? ¿Cómo pudieron engendrar a una niña tan tonta como tú?
—Señor... hic... ¿me está regañando?



VERIFYCAPTCHA_LABEL
Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Otra Esposa de mi Marido
Porque no me deja seguir leyendo, compre monedas y cuando llego al 608, ya no me deja...