—Señor, escuché su voz. —Al ver que era Víctor, corrió feliz hacia él—. Señor, ya me cambié, ¡vámonos!
Víctor tomó la mano de la niña.
—Vámonos, a vender a la niña.
Carlota se rió con ganas.
—¡Nos vamos al cine!
La sala estaba llena de adultos con niños. Habiendo tantos, era inevitable que hubiera algunos maleducados. En la fila de adelante tenían a un niño de unos seis o siete años que no prestaba atención a la película: comía tirando todo al suelo, hablaba fuerte con el adulto a su lado y saltaba en el asiento tapando la vista a los de atrás.
El hombre que lo llevaba era bastante robusto, probablemente su papá. Estaba recostado cómodamente, absorto en la película y sin prestarle atención al niño. Aunque la gente de atrás se quejaba, padre e hijo hacían oídos sordos.
En la parte más emocionante de la película, el niño volvió a saltar sobre el asiento y le gritó a la pantalla:
—¡Conejo estúpido, corre más rápido! ¡Atrápenlo!
Carlota, al tener la vista bloqueada, le reclamó enojada al niño:
—¿No puedes sentarte? ¡Me estás tapando!
El niño la escuchó, pero no se sentó. Se dio la vuelta y le hizo una mueca a Carlota.
—¡No me siento nada! ¡Te tapo si quiero, a ver si lloras!
Víctor soltó una risa seca, agarró un puñado de palomitas y se las lanzó a la cabeza al niño. El chamaco era resistente, no le importó el ataque y tampoco le tuvo miedo al adulto; volvió a hacerle una mueca a Víctor con actitud desafiante.
Víctor torció la boca y, al instante siguiente, le dio una patada al respaldo del asiento delantero. La silla se sacudió violentamente; el niño, que no estaba bien parado, perdió el equilibrio y cayó al suelo tras dar un paso en falso.
El niño se quedó aturdido un momento y luego rompió a llorar a todo pulmón.
—¡Papá, me pegó!



VERIFYCAPTCHA_LABEL
Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Otra Esposa de mi Marido
Porque no me deja seguir leyendo, compre monedas y cuando llego al 608, ya no me deja...