El desayuno fue comida para llevar, pero Víctor le mintió a Carlota diciendo que lo había cocinado él. Carlota probó un bocado y levantó el pulgar.
—Señor, es usted increíble. Mi mamá no sabe hacer un desayuno tan rico; cada vez que hace sopa le queda aguada o se le quema.
Víctor no sintió ni pizca de culpa.
—Por supuesto, a la gente inteligente todo le sale bien a la primera.
—Señor, ¿está diciendo que usted es inteligente y mi mamá es tonta?
—¿Tú qué crees?
Carlota negó con la cabeza, en desacuerdo.
—Mi mamá es inteligente y usted también.
Víctor le revolvió el cabello a la niña. ¿Cómo podía haber una niña tan obediente y adorable? Era un angelito.
—¡Señor, coma usted también!
Carlota empujó otro tazón de sopa hacia Víctor, tomó una cucharada, la sopló un par de veces y se la llevó a la boca. Víctor, sintiéndose halagado, se apresuró a comer, pero se quemó.
La niña quería seguir dándole de comer, pero Víctor se negó rápidamente. No podía con tanta atención.
—Señor, usted es el que más me cae bien —dijo Carlota abrazándolo por el cuello y dándole un gran beso en la mejilla izquierda—. Y yo también le caigo bien, ¿verdad?
Víctor hizo una mueca, sintiendo que era demasiado empalagoso. Pero la niña lo miraba con tanta esperanza que no quiso ser aguafiestas.
—Más o menos.
Carlota soltó una risita.
—Ya sabía que le caía bien.
Víctor quiso que Carlota volviera a su asiento para comer bien, pero ella no le soltaba el cuello.
—Señor, hoy hace muy buen clima.
Al ver la sonrisa pícara de la niña, Víctor supo que lo de hace un momento había sido pura adulación para prepararlo.
—¿Qué quieres?
—Es que quedé con Samuel para ir a jugar al parque...
—¿Y?
—Lléveme al parque, por favor.


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Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Otra Esposa de mi Marido
Porque no me deja seguir leyendo, compre monedas y cuando llego al 608, ya no me deja...