En menos de una hora, Facundo llegó hecho una furia, con Carlota.
Carlota no sabía cuánto había llorado; traía los ojos hinchados. En cuanto vio a Floriana, soltó un llanto todavía más fuerte.
—¡Mamá! ¡Ese señor malo no me deja volver a casa!
Floriana corrió y la abrazó.
—Aquí estoy, mi amor. No tengas miedo.
—Mamá… yo quiero irme a la casa.
—Sí. Nos vamos a la casa.
Floriana cargó a su hija, le habló a Víctor y se dispuso a irse, pero Facundo les tapó la salida.
—¿Vienen cuando quieren y se van cuando quieren?
Facundo los miró con una expresión oscura. Primero le echó un vistazo a Víctor y luego clavó los ojos en Floriana.
—Te di una oportunidad, pero insististe en hacerme enojar una y otra vez.
Floriana apretó a Carlota contra su pecho y dio dos pasos hacia atrás, quedando detrás de Víctor. Ese gesto terminó de encender a Facundo.
—¿Tú, Víctor? ¿“Morirnos todos juntos”? ¿Con qué?
Facundo, con las manos en los bolsillos, caminó paso a paso hacia Víctor. Mientras se acercaba, ya había guardaespaldas escoltando a Youssef y a Mónica escaleras arriba, y los demás se fueron juntando alrededor.
Al llegar frente a él, Facundo sacó un encendedor. No dijo nada más: lo prendió.
—Que les quede claro: si al rato el señor Crespo se prende, nadie lo apaga.
Los guardaespaldas respondieron al instante. Facundo le plantó el encendedor encendido a Víctor, casi en la cara.
Pero Víctor no se intimidó; incluso se acercó con una sonrisa.
—No se preocupe. Me eché gasolina de sobra; con tantito agarro fuego.
Facundo soltó una risa seca.
—¿Entonces vamos a ver un espectáculo de alguien quemándose vivo?
—Si quiere, hasta canto.
—Va.

VERIFYCAPTCHA_LABEL
Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Otra Esposa de mi Marido
Porque no me deja seguir leyendo, compre monedas y cuando llego al 608, ya no me deja...