Floriana sabía de sobra que era inútil intentar razonar con Facundo. Después de empujarlo para ganar espacio, subió las escaleras a paso firme.
Probablemente al escuchar el alboroto, Martina salió de la habitación de Carlota.
—Carlota sabía que volvías esta noche y te estuvo esperando. Apenas logró quedarse dormida cerca de la medianoche —le susurró Martina a Floriana.
—Tuve un contratiempo que me retrasó —Floriana le indicó a Martina que fuera a descansar; ella se encargaría de dormir con la niña esa noche.
—En realidad, Carlota se quedó despierta para quejarse contigo.
—¿Quejarse?
Martina soltó un suspiro.
—El señor Prado se enteró de que dejé que Carlota jugara con la patineta. Me dio una reprimenda tremenda, diciendo que era un deporte peligroso, y le prohibió terminantemente a Carlota volver a usarla.
Floriana frunció el ceño. Cualquier deporte implicaba riesgos; bastaba con usar la protección adecuada. No por miedo se le iba a prohibir intentar cosas nuevas, sobre todo cuando era algo que a Carlota le encantaba.
—Como Carlota no quiso hacerle caso, él simplemente tomó la patineta y se la tiró a la basura.
—Seguro que lloró a mares.
—Lloró durante muchísimo rato. Estaba desconsolada.
Floriana soltó un pesado suspiro.
—Hablaré con él mañana. Por ahora ve a descansar.
—Está bien.
Tras despedir a Martina, Floriana entró en la habitación de Carlota. Al acercarse a la cama, vio a la pequeña recostada de lado, acurrucada sobre sí misma como una bolita. Se inclinó para besarle la mejilla y sintió la piel húmeda; seguramente seguía llorando en sueños.
Floriana se acostó a su lado y abrazó a su hija con el corazón encogido de pena.
Facundo siempre se excusaba diciendo que no había podido cumplir con su papel de padre en el pasado, y ahora intentaba compensar a Carlota dándole todo lo que él consideraba beneficioso para su desarrollo. El problema era que ignoraba por completo lo que a ella realmente le gustaba.
Como Carlota se negaba a llamarlo «papá», él recurría a imponer su autoridad a la fuerza, controlando cada aspecto de su vida como si necesitara dejar clara su posición paterna. Actitudes como esa solo conseguían que la niña lo odiara más.
Y mientras más se esforzaba él, más resentimiento ganaba. Frustrado por el rechazo, terminaba desquitándose y enfureciéndose, incluso insinuando que toda la culpa la tenía Víctor por no haber criado bien a la niña.
Se lo había comentado a Floriana un par de veces, pero sin ahondar en el tema, ya que a él le revolvía el estómago la simple mención de Víctor.


VERIFYCAPTCHA_LABEL
Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Otra Esposa de mi Marido
Porque no me deja seguir leyendo, compre monedas y cuando llego al 608, ya no me deja...