Llegada a este punto, la gracia se le esfumó por completo. Floriana le soltó un puñetazo en la cabeza que lo dejó inconsciente de golpe.
Efectivamente, ese cabrón había sido un cabrón desde pequeño. Nunca en su vida había tenido un ápice de pureza e inocencia.
Tuvo que esperar hasta la medianoche a que llegara la gente que Isabella envió a recogerlo.
Floriana se los entregó y luego pidió un coche para regresar.
En realidad, habría podido llevarlo a su casa de camino, pero le aterrorizaba la idea de que Facundo se enterara y eso terminara perjudicando a Víctor.
Cuando por fin llegó a casa, eran casi las cuatro de la madrugada. La sala estaba sumida en la oscuridad. Dejó su bolso en la entrada con la intención de ir a la cocina a servirse un vaso de agua.
—Creí que regresarías antes de la medianoche.
Esa voz surgió de la nada en el silencio y le dio un sobresalto terrible.
Giró la cabeza de inmediato. Gracias a la luz de la luna que entraba por la ventana, alcanzó a distinguir a Facundo sentado en el comedor. La observaba fijamente con una mirada sombría. Floriana frunció el ceño y encendió la luz de un manotazo.
Con el destello repentino, Facundo cerró los ojos por unos segundos antes de volver a abrirlos.
La oscuridad en su mirada seguía ahí, pero ahora cargada con un innegable toque de hostilidad.
—Me retrasé por unos asuntos —respondió Floriana con tono casual, dándose la vuelta para servirse el agua.
—Te advertí que no podías verte con él a solas, ¿o no?
El corazón de Floriana dio un vuelco. Se había enterado.
Era de esperarse. Seguro había plantado a sus espaldas una red de informantes que vigilaban cada uno de sus movimientos.
—Se emborrachó y lo llevaste a una habitación. Estuvieron ahí dentro por casi cinco horas. Ese es tiempo más que suficiente para que hicieran cualquier cosa.
—Facundo —suspiró Floriana profundamente—. Tú mismo acabas de decir que estaba borracho, ¿qué más iba a hacer?
Facundo se levantó de la silla y caminó lentamente hacia ella. Al llegar, bajó la vista y la escrutó en silencio por un largo rato antes de levantar la mano hacia ella. Floriana retrocedió por instinto, pero él alcanzó a presionarle los labios con los dedos.
Sus ojos se oscurecieron. Justo cuando Floriana empezaba a sospechar que le había puesto cámaras ocultas en la habitación, él bajó la mano y la envolvió en un abrazo.
—Debería haber pasado más tiempo contigo y con Carlota estos días —suspiró él—. Pero Jairo se ha aliado con otras empresas para acorralar al Grupo Prado, me ha sido imposible desocuparme.


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Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Otra Esposa de mi Marido
Porque no me deja seguir leyendo, compre monedas y cuando llego al 608, ya no me deja...