Floriana pensó en cómo Víctor la había tildado de cualquiera hacía unos momentos, y no pudo evitar acercarse para darle un par de patadas.
Pero él solo soltó unos quejidos, con la clara intención de quedarse dormido en el suelo.
Sin otra opción, Floriana hizo un gran esfuerzo para levantarlo y llevarlo a rastras hasta su habitación.
Pesaba demasiado. Al lograr meterlo por la puerta, su idea inicial era tirarlo directamente al piso, pero él se abalanzó sobre ella. Floriana no pudo sostenerlo y terminó acorralada contra la puerta bajo su peso.
—¡Quítate! —le gritó.
Intentó empujarlo con todas sus fuerzas, pero él le agarró los brazos y se acercó aún más.
—Qué rico hueles... ¿Qué es?... Pareces un bocado muy sabroso...
No solo se acercó, sino que empezó a olfatearla con insistencia, pegando su rostro al de ella hasta que la punta de su nariz rozó sus labios.
El corazón de Floriana dio un vuelco. Se apresuró a seguir empujándolo, pero al instante siguiente, él se abalanzó como un lobo hambriento y le mordió los labios.
—¡Mmh!
Se quedó paralizada un segundo y luego intentó zafarse con desesperación, pero él le inmovilizó las manos y las piernas con gran destreza. Después de esa primera mordida, chasqueó la lengua para saborear el contacto y luego comenzó a besarla con una devoción casi obsesiva.
—¡Víctor! ¡Por qué me muerdes!
Este cabrón de verdad se había vuelto loco para atreverse a morderla así.
Como no podía quitárselo de encima, el coraje la hizo morderlo de vuelta. Esa respuesta sí que asustó al borracho, quien se apartó de inmediato para mirarla con terror.
—Si me vuelves a tocar... ¡te arranco la lengua de una mordida! —lo amenazó Floriana para asustarlo.
—Tú... ¿qué cosa eres? —balbuceó Víctor, completamente desorientado.
Floriana abrió los ojos de par en par.
—¡Tú eres la cosa!
—Hablas...
—¡Deja de hacer estupideces de borracho y suéltame!
—¿Por qué sabes tan rica?
—Tú...
—Déjame probar de nuevo.
Y, contra todo pronóstico, volvió a lanzarse a sus labios. De verdad la estaba tratando como si fuera su platillo favorito. Floriana estaba tan furiosa que quiso morderlo otra vez, pero, de pronto, él se volvió sumamente gentil. Los mordiscos torpes se transformaron en un beso apasionado, y sus manos pasaron de sujetarla de los hombros a rodearle la cintura.
El Víctor de dieciocho años probablemente no tenía mucha experiencia, pero el de veintiocho sí la tenía; solo necesitaba un poco de práctica para conectar ambas versiones.
En el fondo, a Floriana le encantaba que Víctor la besara, y no tenía reparos en admitir que él besaba de maravilla. Cada vez la dejaba... con ganas de más.


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Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Otra Esposa de mi Marido
Porque no me deja seguir leyendo, compre monedas y cuando llego al 608, ya no me deja...