Esa frase fue letal; no solo admitía que Carlota era hija de Facundo, sino que también le hacía recordar todo lo que él, como padre, le había hecho a la niña estos días.
—Yo… yo no sabía…
—¡Mejor ve a preguntarle a Esther! Pregúntale qué clase de «buena acción» hizo y luego, si todavía te queda algo de vergüenza, ¡vuelves a buscarnos! —Tras decir esto, Floriana abrazó fuerte a Carlota y jaló a Víctor para salir de ahí.
Víctor, que no se quedaba conforme, levantó el encendedor y provocó a Facundo:
—¡Prendeme fuego si tienes agallas, cobarde!
Aquello enfureció tanto a Floriana que se dio la vuelta, le soltó una patada y le arrebató el encendedor de la mano.
Al salir de la residencia de los Prado, ambos soltaron un suspiro de alivio.
Era de madrugada y Carlota ya se había quedado dormida en el hombro de Floriana. El tramo hasta la salida principal era largo y, como la niña estaba pesadita, a Floriana le costaba cargarla.
—Cárgala tú —le gritó a Víctor.
Víctor hizo una mueca.
—¿Me ves cara de sirviente o qué?
Aunque refunfuñó, se quitó el saco manchado de gasolina, lo tiró a la basura y tomó a Carlota de los brazos de Floriana.
La pequeña gimió un poco, pero al ver que era Víctor, se recargó tranquila en su hombro.
—Señor.
—Mjm.
—Sabía que vendría con mi mamá a salvarme.
El corazón de Víctor dio un vuelco, derritiéndose por completo.
—Te prometo que ese malo no te volverá a molestar nunca más.
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Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Otra Esposa de mi Marido
Porque no me deja seguir leyendo, compre monedas y cuando llego al 608, ya no me deja...