Jairo miraba a lo lejos. La tenue luz del amanecer ya perfilaba la silueta de las montañas; parecían estar justo frente a ellos, aunque el camino bajo sus pies se extendía hacia lugares lejanos.
En el último medio año, había renunciado a todos sus cargos en Grupo Crespo, liberándose de esa carga. Luego atrapó al asesino de Óscar. ¿Y después? ¿Qué más le quedaba por hacer?
De repente, se sintió perdido.
Aunque tenía a su mujer y a sus hijos a su lado, y sabía que debía esforzarse por seguir adelante con su vida, la incertidumbre persistía.
Era como estar en medio del océano: el barco bajo sus pies era sólido y seguro, pero la travesía carecía de destino. Antes tenía uno, claro, pero después de todo lo sucedido, aquel objetivo había perdido su importancia.
—¿A dónde crees que lleva este sendero? —preguntó Isabella, volviéndose hacia Jairo.
Jairo echó un vistazo a la montaña lejana.
—¿A esa montaña?
Isabella negó con la cabeza.
—Rodea la montaña y sigue hacia un lugar más lejano.
—Es un camino muy estrecho.
Un sendero tan angosto que no permitía el paso de vehículos no parecía tener mucho valor. ¿A dónde podría conducir?
—Solo sé que es muy largo. Una vez intenté llegar al final; caminé muchísimo, pero terminé rindiéndome.
—¿Por qué te rendiste?
—Ya estaba en el camino, ¿por qué empeñarme en buscar el final?
Jairo se quedó pensativo, sin saber qué responder.
—Uno no siempre necesita tener una meta fija. Basta con asegurarse de que cada paso que das va por el camino correcto.
Jairo se quedó atónito un momento y, de pronto, sonrió.
—¿Y si ni siquiera sé cómo dar ese paso?
Isabella tomó la mano de Jairo, se detuvo un instante y luego dio un paso al mismo tiempo que él.
Jairo la rodeó con el brazo e inclinó la cabeza para besarle la frente.
—Es la primera vez que veo un amanecer.
—Y conmigo.
—Sí, por eso es tan hermoso.
Bajaron la colina con cierta prisa, calculando que los niños ya habrían despertado. Si no los veían, Lucas estaría bien, pero Samuel probablemente haría alguna travesura.
Al llegar a la puerta de la casa, vieron que el agua salía a borbotones hacia el exterior, inundando ya todo el patio.
Samuel estaba parado frente al grifo, intentando taparlo sin éxito, empapado de pies a cabeza.
Al ver llegar a Isabella y a Jairo, no pudo contenerse y soltó el llanto:
—¡Solo quería lavarme la cara, pero le di vuelta y se rompió! ¡De verdad que no estaba haciendo travesuras!

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Otra Esposa de mi Marido
Porque no me deja seguir leyendo, compre monedas y cuando llego al 608, ya no me deja...