Isabella suspiró con resignación. El grifo no podía haberse descompuesto de la nada; seguro que Samuel lo había estado forzando. Sacó la llave para abrir la puerta, pero por más que forcejeó, no logró hacerla girar.
—¿Qué pasa? —preguntó ella.
—Déjame intentar —dijo Jairo.
Jairo tomó la llave, la metió en la cerradura y la giró con fuerza hacia ambos lados, pero en verdad estaba atascada.
—No me digas que también se echó a perder la chapa —Isabella parpadeó, incrédula.
—Eso parece.
Jairo dio un paso atrás y evaluó el muro exterior. Era bastante alto y estaba cubierto de azulejos, por lo que treparlo sería muy difícil.
—Hay un cerrajero en el pueblo, le voy a marcar para que venga.
Isabella sacó su celular, pero justo cuando iba a hacer la llamada, un grito agudo de Lucas resonó desde el segundo piso:
—¡Mamá, papá, auxilio!
Lucas solía ser un niño muy reservado y casi nunca gritaba así, por lo que Jairo e Isabella se asustaron muchísimo.
Jairo agarró de inmediato una piedra y empezó a golpear la cerradura con todas sus fuerzas. Isabella intentó trepar el muro; ninguno de los dos quería ni imaginarse lo que estaba pasando adentro.
Isabella no logró subir, pero, por fortuna, Jairo logró destrozar la cerradura a pedradas.
Ambos entraron corriendo al patio. Jairo subió volando al segundo piso, mientras Isabella jaló a Samuel hacia la entrada, pidiéndole que se quedara ahí sin moverse. Justo cuando ella se disponía a subir, Jairo bajó cargando a Lucas, que estaba pálido del susto.
Isabella se acercó de prisa.
—¿Qué pasó? ¿Lucas está lastimado?
—¡Mamá! —Lucas rompió a llorar, pidiendo que lo abrazara.
Ella lo tomó en brazos y le revisó de inmediato las manos y los pies, pero no encontró ninguna herida. Evidentemente, Jairo tampoco se había detenido a preguntarle qué ocurría antes de bajarlo.
—¡Vi una víbora! —logró articular Lucas tras calmarse un poco.
Al ver al animal, no solo los niños gritaron aterrados; hasta Isabella y Jairo dieron un paso atrás.
—En el monte de por aquí hay muchísimas víboras, a cada rato se meten a las casas. Menos mal que esta no es venenosa —les explicó la mujer, agarrando al reptil por la cabeza con una sola mano mientras caminaba hacia la salida.
—¿Que hay muchas y se meten a las casas? —Isabella frunció el ceño—. Llevamos seis años viviendo aquí y nunca habíamos visto una adentro. Es la primera vez.
—Siempre hay una primera vez; luego viene la segunda. Ya se irán acostumbrando.
—¡Nosotros no nos podemos acostumbrar a eso! —exclamó Lucas, alterado.
La dueña de la casa se quedó callada unos segundos.
—Pues si les da tanto miedo, mejor regrésense pronto a la ciudad. La verdad, nuestro pueblo está muy amolado, nada que ver con lo que tienen allá. Venir a distraerse de vez en cuando está bien, pero para vivir a largo plazo, obvio no se van a adaptar.
La señora no dijo más, pues tenía que ir a soltar a la serpiente de vuelta al monte.
El plomero llegó en poco tiempo, reparó la tubería y les devolvió el suministro de agua. Como el patio se había inundado por completo, muchas cosas se habían echado a perder por la humedad y tuvieron que ponerse a limpiar.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Otra Esposa de mi Marido
Porque no me deja seguir leyendo, compre monedas y cuando llego al 608, ya no me deja...