Estaban platicando de eso cuando bajó el trabajador que arreglaba la cama.
—Los tornillos que sujetaban las patas estaban flojos. No tenía nada más, nomás les dimos una buena apretada.
Resultó que solo era eso. Cuando Isabella quiso pagarle, el hombre intentó negarse, diciendo que al ser vecinos del mismo pueblo era como hacerles un favor. Por supuesto, a Isabella le dio mucha pena no pagarle su trabajo y lo obligó a aceptar el dinero que habían acordado previamente.
En seguida bajó el encargado de atrapar a los ratones; en efecto, había agarrado un par.
—Ya le chequé bien el techo y no encontré ningún nido ni agujero, la verdad no sé cómo fueron a dar ahí esos animales.
Isabella ya tenía muy claro lo que estaba pasando, así que no hizo más preguntas.
El siguiente paso era la chapa, para lo cual también pensaba llamar a alguien.
—Nombre, esa cerradura no cuesta nada, sale mejor cambiarla y ya —intervino la antigua dueña.
—Quería que alguien me explicara por qué se atascó de la nada —explicó Isabella.
—Es que son de muy mala calidad. En mi casa tengo otra guardada, ahorita se la traigo.
Dicho esto, la señora salió trotando. Antes de cruzar la entrada, desprendió por completo la cerradura rota.
—De una vez le tiro esto.
Salió corriendo a su casa, dejando completamente olvidado a su esposo en el patio.
Como el sol estaba pegando fuerte, Isabella empujó la silla de ruedas del hombre hasta la sombra de un árbol grande en el jardín y le ofreció un poco de fruta.
—Yo... feliz... —El hombre apenas podía articular las palabras, pues las secuelas del infarto lo habían dejado parapléjico y con dificultades severas para hablar.
—¿Para cuándo es la boda? —preguntó ella.
—El mes... que entra.
De pronto, su expresión se tornó angustiada.
—No hay dinero... no podemos... comprarles su casa...
Isabella volvió a subir al segundo piso. Al ver que la cama grande ya estaba en perfectas condiciones, se agachó a revisar los tornillos de las patas. Llevaba tres en cada pata, o sea, seis en total. ¿Todos se habían aflojado al mismo tiempo?
Cabía esa posibilidad, pero cuando durmió ahí la última vez nunca sintió que estuviera floja. ¿Por qué se derrumbaría así de golpe?
Si alguien había cortado el cable del refrigerador, desatornillado la cama, metido los ratones al techo y estropeado la cerradura a propósito... ¿quién la traía contra ella?
Sin embargo, al analizar todo en conjunto, era obvio que no tenían intenciones de hacerles daño físico; simplemente querían hartarlos para que se fueran.
En la noche, la vecina les llevó algo de cenar, salvando así a Isabella de tener que cocinar para ella y Samuel.
Después de cenar, Isabella se quedó jugando un rato en el patio con Samuel y luego subieron a dormir.
Como el niño ya no quería dormir solo, ella le dijo que se pasara a su cuarto.
Samuel se quedó dormido primero, mientras Isabella leía un libro en la habitación contigua.
Todo estaba en completo silencio, cuando, de repente, Samuel pegó un grito aterrador.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Otra Esposa de mi Marido
Porque no me deja seguir leyendo, compre monedas y cuando llego al 608, ya no me deja...