Estaban platicando de eso cuando bajó el trabajador que arreglaba la cama.
—Los tornillos que sujetaban las patas estaban flojos. No tenía nada más, nomás les dimos una buena apretada.
Resultó que solo era eso. Cuando Isabella quiso pagarle, el hombre intentó negarse, diciendo que al ser vecinos del mismo pueblo era como hacerles un favor. Por supuesto, a Isabella le dio mucha pena no pagarle su trabajo y lo obligó a aceptar el dinero que habían acordado previamente.
En seguida bajó el encargado de atrapar a los ratones; en efecto, había agarrado un par.
—Ya le chequé bien el techo y no encontré ningún nido ni agujero, la verdad no sé cómo fueron a dar ahí esos animales.
Isabella ya tenía muy claro lo que estaba pasando, así que no hizo más preguntas.
El siguiente paso era la chapa, para lo cual también pensaba llamar a alguien.
—Nombre, esa cerradura no cuesta nada, sale mejor cambiarla y ya —intervino la antigua dueña.
—Quería que alguien me explicara por qué se atascó de la nada —explicó Isabella.
—Es que son de muy mala calidad. En mi casa tengo otra guardada, ahorita se la traigo.
Dicho esto, la señora salió trotando. Antes de cruzar la entrada, desprendió por completo la cerradura rota.
—De una vez le tiro esto.
Salió corriendo a su casa, dejando completamente olvidado a su esposo en el patio.
Como el sol estaba pegando fuerte, Isabella empujó la silla de ruedas del hombre hasta la sombra de un árbol grande en el jardín y le ofreció un poco de fruta.
—Yo... feliz... —El hombre apenas podía articular las palabras, pues las secuelas del infarto lo habían dejado parapléjico y con dificultades severas para hablar.
—¿Para cuándo es la boda? —preguntó ella.
—El mes... que entra.
De pronto, su expresión se tornó angustiada.
—No hay dinero... no podemos... comprarles su casa...


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Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Otra Esposa de mi Marido
Porque no me deja seguir leyendo, compre monedas y cuando llego al 608, ya no me deja...