La vecina se asomó desde su lado del muro. Traía puesta la pijama, andaba despeinada y bostezaba mientras salía, fingiendo que la habían despertado de su sueño.
—¿Qué es todo este escándalo a mitad de la noche?
Isabella intercambió una mirada con Jairo antes de confrontarla.
—Señora, ¿qué significa esta puerta?
La mujer volteó a ver la puertecilla y puso cara de inocencia.
—Ah, eso... Se me pasó comentarles, yo la mandé poner.
Isabella alzó una ceja, incrédula.
—¿Mandó a abrir una puerta en el patio de mi casa, que conecta directo a la suya?
—Es que como llevaban mucho tiempo sin venir, se me hizo más fácil para estar echándole un ojo a la propiedad.
—¿Y por qué no nos consultó primero?
—Pues ya les dije que era nomás por practicidad, ¿para qué tanto pleito?
—¡Señora, esta es mi casa, es mi propiedad!
—Tampoco hay que verlo así.
—¿Ah, no? ¿Entonces cómo? —A Isabella le quedó clarísima la intención de la mujer. Evidentemente pensaba que como se habían mudado a la ciudad y no pensaban regresar, podía aprovecharse para cancelar el trato y adueñarse del inmueble—. ¡Nosotras firmamos un contrato a largo plazo!
—A lo mejor nadie más lo sabe, pero usted tiene muy claro cómo estuvo la cosa. Como aquí en el pueblo no se pueden comprar ni vender terrenos, quedó firmado como renta, pero por debajo del agua hicimos un acuerdo de compraventa. ¡Y le pagamos exactamente lo que valían la casa y el terreno juntos!
—Pues a fin de cuentas ya tienen dónde vivir en la ciudad. ¿Para qué se aferran a esta casita tan fea? Si tanto les molesta, les devuelvo una parte del dinero y ya está.
Isabella tomó una bocanada de aire, indignada; la mujer realmente planeaba pasarse su trato por el arco del triunfo.
—Entonces usted nos aflojó la cama, nos echó los ratones al techo y nos metió la víbora a la casa. También nos rompió el refrigerador, nos descompuso el grifo y arruinó la chapa.
Isabella sintió que la vista se le nublaba del puro coraje. Jairo la jaló hacia atrás para interponerse y encarar a la señora.
—De ninguna manera vamos a dejar que nos arrebate la casa. Le sugiero que se largue de mi patio en este preciso momento, o si no...
—¿O si no qué? ¿Me vas a pegar?
La mujer trató de sonar muy gallita, pero al ver la mirada gélida y la presencia imponente de Jairo, la verdad es que sí se estaba muriendo de miedo por dentro.
—¡Les doy tres días para que saquen sus chivas y se larguen de aquí! En tres días nos vamos a mudar, ¡y más les vale no hacer un escándalo para entonces!
Dicho esto, y temiendo que Jairo cumpliera su amenaza de golpearla, se regresó corriendo por donde vino y cerró la puerta metálica de golpe, echándole candado de su lado.
Isabella todavía no asimilaba lo que acababa de pasar.
—Siempre nos habíamos llevado súper bien, ¡nunca me imaginé que fuera de esa clase de gente!

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Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Otra Esposa de mi Marido
Porque no me deja seguir leyendo, compre monedas y cuando llego al 608, ya no me deja...