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La Otra Esposa de mi Marido romance Capítulo 931

—¡Martina, eres una zorra! ¡Te metiste con mi prometido, no entiendo de qué demonios te sientes tan orgullosa!

Alicia la alcanzó, dispuesta a agarrarla a golpes, pero se detuvo al ver que Martina levantaba el celular. En la pantalla aparecía claramente el rostro de Romeo; estaban en una videollamada.

Alicia se hizo a un lado de inmediato, aterrada de que la cámara la enfocara.

—¿Qué se te antoja cenar hoy? Yo te lo preparo —dijo Martina, sonriendo para sus adentros.

En realidad, Romeo ni siquiera había levantado la vista hacia la cámara; seguía ocupado revisando unos documentos.

—Lo que sea —respondió sin prestarle mucha atención.

—¿Te acuerdas de cuando empezamos a salir? Ya estábamos hartos de comer en la calle, así que quisimos aprender a cocinar. ¿Cuál fue el primer platillo que preparé?

Martina la verdad ya no se acordaba. Solo tenía presente que la comida le había quedado asquerosa; ambos dieron un bocado y tuvieron que escupirlo.

—Huevos revueltos.

—Cierto, fueron huevos revueltos. Me acuerdo que sabían rarísimo, daba asco de solo probarlos.

—Les pusiste muy poco aceite.

—Y a ti no te fue mucho mejor. Te tocaba hacer el arroz y quedó todo crudo, ni se podía masticar.

—Sí, le puse muy poca agua.

—Después lo intentamos un par de veces más.

—Y cada intento fue un desastre.

Martina recordó cómo, considerándose ambos alumnos destacados de la Universidad de Nublario, no podían creer que fueran incapaces de algo tan sencillo como cocinar. Movidos por ese orgullo de no querer rendirse, lo intentaron varias veces más, pero siempre fracasaron.

—Al final, no nos quedó de otra que contratar a Noa.

—Así es.

Alicia, que seguía los pasos de Martina fuera del alcance de la cámara, escuchó toda la plática. En ese momento, sentía mil veces más coraje que cuando estaban en la joyería.

Romeo ni siquiera le tomaba las llamadas a ella, pero a Martina sí, y no solo eso, sino que se daba el tiempo de escucharla decir puras tonterías y hasta le contestaba a cada frase.

Alicia jamás había recibido ese tipo de trato por parte de Romeo, y eso que estaban a punto de casarse.

—Apenas salí de la joyería. Me compré un collar y un anillo.

—Bien.

—Ahorita que llegue a la casa me los pongo para que los veas.

Romeo la sostuvo con un brazo, levantándola ligeramente, mientras con la otra mano cerraba la puerta. La acorraló contra la madera y bajó la mirada para besarla.

—¿Tantas ganas me tenías? —le preguntó en tono de burla.

—Noa no está —dijo Martina, jalándole el cuello de la camisa y mirándolo con coquetería.

—¿Y eso qué?

—Quiero hacerlo en la sala, en el comedor, en la cocina... y también contra el ventanal...

—¿Tan salvaje andas hoy? —dijo Romeo, mientras se le aceleraba la respiración.

—¿Tienes miedo?

Romeo soltó un ligero resoplido, cargó a Martina apretándola entre su cuerpo y la puerta, y mientras la devoraba a besos, comenzó a levantarle el camisón.

—¿Dónde quieres empezar?

—¿En la cocina?

La mirada de Romeo se oscureció por el deseo; la levantó en brazos sin soltarla y se dirigió a la cocina.

El ambiente se llenó de pasión. Para cuando terminaron arrinconados contra el gran ventanal, Martina se apoyó en el cristal. Desde ahí la vista del exterior era total. Se sintió un poco cohibida, pero sabía que la privacidad en ese fraccionamiento residencial era excelente; la casa de Romeo era de las más apartadas, los vecinos estaban lejos, y justo al frente solo había un enorme jardín y un lago, por lo que rara vez pasaba alguien por ahí.

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