Martina se dejó llevar, disfrutando de las caricias y la entrega del hombre.
De pronto, un par de faros iluminaron el lugar y un coche se estacionó justo frente a la casa.
Quien se bajó del auto no era otra que Alicia.
—¡Híjole, ya llegó Alicia! —exclamó Martina, fingiendo sorpresa.
Ya sospechaba que Alicia aparecería; conociendo su carácter, de por sí era un milagro que hubiera aguantado tanto.
—¿Qué pasó? ¿Muy valiente para meterte en mi cama, pero te da miedo que nos vea? —Romeo echó un vistazo hacia afuera y esbozó una sonrisa cínica.
—Sí, estoy temblando de miedo —respondió Martina, actuando con exagerada angustia.
—¿Crees que nací ayer? —preguntó Romeo, chasqueando la lengua.
—Aunque soy bastante ambiciosa, la verdad no tenía planeado arruinar tu boda con Alicia. No quiero que me caiga una maldición del cielo —dijo Martina sacándole la lengua.
—Si nos cae un rayo, nos va a partir a los dos.
—No, a ti te sedujeron; tú eres la víctima aquí.
—Deja de decir tonterías.
—¡Ya va a entrar!
Alicia conocía el código de seguridad y ya lo estaba tecleando en la entrada.
Romeo dudó un instante, tiempo suficiente para que Martina lo empujara y saliera corriendo escaleras arriba.
Él la siguió con la mirada algo contrariado, se arregló la ropa y encendió un cigarro.
Con un chasquido, la puerta se abrió desde el exterior.
Alicia no podía concebir que alguien tan frío y reservado como Romeo hubiera sido capaz de dejarse llevar por algo tan salvaje... ¡Hacerlo en la cocina, y con tanta intensidad!
—¡Ah! —gritó Alicia, incapaz de contenerse.
Pero en cuanto el grito salió de su garganta, se tapó la boca rápidamente.
Antes de ir para allá, su padre le había dejado muy clara la situación familiar. Si no lograba casarse con Romeo para que él inyectara capital a la empresa de su familia, volverían a quedar en la ruina y tendrían que regresar a la miseria del pasado.
Y esta vez sería todavía peor, porque Martina ya no iba a darles un solo centavo.
«Tienes que hacerte la ciega, hacer como que no pasa nada. No importa cuánto te provoque Martina, no caigas en su juego. Mientras logres casarte con Romeo en dos semanas y te conviertas en la señora Quintero, nosotros ganamos. Una vez que eso pase, podrás cobrártelas como se te dé la gana, y Romeo no moverá un dedo para defenderla.»
Alicia respiró hondo. Su papá tenía razón; tenía que aguantarse. Si lograba resistir hasta el final, la victoria sería suya.
Cuando llegara ese día, le haría pagar cada lágrima a Martina.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Otra Esposa de mi Marido
Porque no me deja seguir leyendo, compre monedas y cuando llego al 608, ya no me deja...