Tragándose el orgullo y el coraje, Alicia limpió el desastre en la cocina y se puso a picar las verduras. Pero no podía sacarse de la cabeza la idea de que Martina seguía en el piso de arriba. ¿Qué estarían haciendo ella y Romeo? ¿Acaso estarían...?
—¡Ay!
Se acababa de cortar el dedo; la sangre le escurría a gotas. Rápidamente se envolvió la herida con unas servilletas, pero en segundos se empaparon por completo. Se le ocurrió una idea y, sin pensarlo más, subió corriendo las escaleras.
La recámara principal estaba hecha un desastre, pero ella lo ignoró y se plantó frente a la puerta del baño, de donde venía el sonido del agua cayendo.
—Romeo, me corté el dedo sin querer. ¿Dónde guardan el botiquín?
Gritó desde afuera, pero nadie le contestó, así que tocó un par de veces. Siguió sin haber respuesta. Dudó por un instante y luego giró la perilla con la intención de entrar.
Apenas había logrado empujar la puerta unos centímetros cuando alguien la cerró de golpe desde el interior y le pasó el seguro.
A través del vidrio esmerilado de la puerta, pudo distinguir la silueta de dos cuerpos que se entrelazaban.
Alicia se mordió el labio inferior con tanta fuerza que casi se lastima. ¡Martina también estaba ahí adentro con Romeo!
Aunque la puerta estaba cerrada, se alcanzaban a escuchar unos ligeros quejidos que delataban lo que estaba pasando; no eran muy fuertes, pero bastaron para que a Alicia le hirviera la sangre de puro coraje. El dedo le punzaba de dolor; bajó la mirada y vio que la sangre seguía goteando hasta formar un pequeño charco en el suelo.
Y a nadie ahí adentro le importaba.
Dentro de la regadera, Martina intentaba aferrarse a algo, pero sus manos resbalaban. No tuvo más remedio que colgarse de los hombros de Romeo, moviéndose al ritmo que él marcaba.
—Romeo... Alicia está allá afuera...
—Puedes gritar un poco más fuerte para que nos escuche.
—Esto que estamos haciendo está mal...
—¿Acaso no es esto lo que querías?
Martina le robó un beso profundo y, casi sin aliento, le susurró:
—¿A poco no sientes que así es mucho más emocionante?
Alicia volvió a golpear la puerta con insistencia. Era imposible que no la escucharan, simplemente la estaban ignorando de manera deliberada.
Apretando los dientes de la impotencia, no le quedó más remedio que regresar a la planta baja a buscar el botiquín por su cuenta.
Pasó un buen rato antes de que se escuchara la puerta del baño abrirse en la planta alta.
Alicia se quedó atenta; cuando confirmó por los pasos que Romeo había entrado al estudio, tomó el celular y le marcó a Martina.
Al final, no había podido aguantarse y acabó quitándose la careta de un solo tajo.
—¡Eres una pinche zorra sinvergüenza!
Al ver que Martina no solo estaba metida en la cama matrimonial, sino que encima estaba completamente desnuda bajo las sábanas, Alicia perdió por completo la razón y se le echó encima.
Pero, justo antes de que lograra ponerle una mano encima, Martina levantó la voz mirando hacia el pasillo.
—Romeo, tengo sed. ¿Me regalas un vasito con agua?
Alicia abrió los ojos horrorizada. ¿Cómo tenía el descaro de llamarlo? ¿Estaba dispuesta a destapar su jueguito y hacerle frente así nada más?
—¡Estás enferma!
Al escuchar los pasos que se acercaban, el pánico se apoderó de Alicia, quien no tuvo más opción que esconderse torpemente detrás de las cortinas. Desde ahí, alcanzó a ver cómo Martina le dedicaba una sonrisa cínica, disfrutando cada segundo de su triunfo.
En ese preciso instante, Romeo apareció en la puerta sosteniendo un vaso con agua.
Seguía con el rostro inescrutable, pero aun así ayudó a Martina a incorporarse para darle de beber directamente en la boca. Cuando notó que unas cuantas gotas se le escapaban por la comisura de los labios, se inclinó para limpiarlas con un beso prolongado e intenso.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Otra Esposa de mi Marido
Porque no me deja seguir leyendo, compre monedas y cuando llego al 608, ya no me deja...