—Tengo hambre —dijo Martina a propósito.
Romeo asintió con un simple sonido.
—Ahorita bajamos a cenar.
—Pero Alicia está allá abajo.
—Si no le quieres ver la cara, córrela.
Dicho esto, dejó el vaso sobre el buró y regresó al estudio.
En cuanto Romeo salió del cuarto, Martina fijó su mirada en Alicia, quien tenía los ojos inyectados en sangre y la fulminaba desde su escondite.
—Romeo no te ama, ni un poquito —comentó Martina, sentándose perezosamente en la cama. Al hacerlo, las cobijas cayeron un poco, dejando a la vista las inconfundibles marcas en su piel.
No se molestó en cubrirse; al contrario, se tomó su tiempo para ponerse la ropa frente a ella y luego caminó hasta quedar cara a cara con Alicia.
—¿De verdad crees que casarte con alguien que no te quiere te va a hacer feliz?
Alicia, cegada por la rabia, levantó la mano y le soltó una fuerte bofetada a Martina. Sin embargo, Martina ni siquiera borró su sonrisa, y con un movimiento rápido, le regresó el golpe en la otra mejilla.
—¿Sabes algo? Cuando me enteré de que te ibas a casar con Romeo, aunque me dolió, pensé que si eso te hacía feliz, mi sacrificio valía la pena. En ese momento, de corazón te deseé lo mejor. ¿Y cómo me pagaste? Humillándome, mintiéndome y dándome la espalda. Todo esto te lo buscaste tú solita, Alicia.
—¡Aléjate de Romeo en este instante! —chilló Alicia histérica.
—¿Por qué tengo que hacer lo que tú me digas?
—¡Porque Romeo es mi prometido!
—También fue mío primero.
—¡Pero ustedes ya cortaron!
—Sí, y me vi obligada a dejarlo solo para poder mantenerlos a ustedes, bola de malagradecidos. Te puedes casar con quien se te pegue la gana, pero con él, no.

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Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Otra Esposa de mi Marido
Porque no me deja seguir leyendo, compre monedas y cuando llego al 608, ya no me deja...