—Pero Alicia quería estudiar. Dijo que iba a una preparatoria privada, cuya colegiatura anual costaba más de cien mil pesos, y quería que yo me hiciera cargo de esos pagos. Le dije que con nuestra situación familiar no deberíamos estar pagando una escuela tan cara. Entonces Alicia me llamó llorando; me dijo que le encantaba el programa de artes de ese lugar, pero que no quería que yo me matara trabajando por ella, así que había decidido darse de baja.
—Ella es mi hermanita. Según yo, nos llevábamos muy bien desde niñas, y además ella se mostraba tan buena y comprensiva. Decía que por miedo a que yo me esforzara demasiado, iba a dejar de estudiar para irse a trabajar conmigo.
—¿Cómo iba a permitirlo? Así que le dije que no se preocupara, que su hermana mayor se iba a encargar de pagar sus estudios.
—Martina, ¿por… por qué dices esto? ¡Yo… yo no te pedí que me pagaras la escuela! —le gritó Alicia.
—Entonces, la colegiatura que te di, ¿la aceptaste o no? —preguntó Martina inclinando la cabeza.
—Te dije que te la estaba pidiendo prestada.
—¿Y me la pagaste?
—Yo...
—Y también estaba tu gasto mensual. Si algún mes se me olvidaba mandarlo, me llamabas para decirme que por allá hacía frío, que debía abrigarme bien, y que no me apurara, que podías limitarte en gastos o incluso conformarte con comer una vez al día. Entonces yo me acordaba que no te había mandado tu mesada, y de tanta ternura te transfería absolutamente todo el dinero que me sobraba en la bolsa.
—Para pagarte la escuela, yo me partía el lomo en cuatro trabajos al día. Qué risa. Y mientras tanto, mi buena hermanita andaba en su preparatoria de ricos luciendo ropa de miles de pesos y bolsas carísimas, siendo la peor de la clase.
—Claro, de todo esto yo no sabía nada. No tenía idea de que mi buena hermanita me veía como su cajero automático personal.
—Así se nos fue un año, y de pronto la señora Elsa se enfermó. Rubén me habló por teléfono y me dijo que, si no mandaba dinero para curarla, no le iba a quedar de otra más que esperar la muerte en casa. Pero ¿de dónde iba a sacar yo más dinero? ¿Quién me iba a prestar? En ese momento te juro que tuve ganas de morirme, pero pensé: si me muero, ¿qué va a ser de mi hermanita y de mi pobre madre? Al final, arrinconada, me metí a trabajar a la zona roja.
Hablando de esto, Martina le dio otra calada fuerte al cigarro, volvió a atragantarse y estalló en un violento ataque de tos.



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Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Otra Esposa de mi Marido
Porque no me deja seguir leyendo, compre monedas y cuando llego al 608, ya no me deja...