Romeo estaba fumando; el humo del cigarro ocultaba las ligeras expresiones de su rostro, dejando a la vista solo una fría indiferencia.
—Yo también tuve la culpa —dijo.
—¿Y alguna vez te arrepentiste?
—Sí, me arrepentí.
—¿Y de qué sirvió?
—De nada. Arrepentirse no sirve de nada.
Martina dejó escapar un largo suspiro.
—Olvídalo. Si te quieres casar con ella, hazlo. Yo no voy a volver, no volveré a verte y así dejaré de sufrir.
—Yo tampoco quiero volver a verte.
Había una enorme sensación de arrepentimiento entre los dos, pero el arrepentimiento era la cosa más inútil del mundo.
Martina le pidió un cigarro; ambos se recargaron uno junto al otro y fumaron en silencio hasta terminarlo.
Luego, Romeo bajó las escaleras primero. Para cuando Martina también lo hizo, él ya se había ido.
Alicia agarró un cuchillo para fruta de la mesa y se lanzó a apuñalarla. Martina no se quitó; en ese segundo pensó que sería mejor dejar que la matara. Si ella moría, la vida de Alicia también se iría a la basura, y ¿acaso no sería esa la venganza perfecta?
Pero Rubén la detuvo e incluso le dio una cachetada.
—¡Ya estuvo bueno de tus berrinches!
Alicia se agarró la mejilla y lo miró sin poder creerlo.
—¡Me pegaste! ¿Con qué derecho me pegas? Ella se mete con mi prometido, se revuelca con él en mi propia recámara, ¡y en lugar de pegarle a ella me pegas a mí!
—¡La única culpable aquí eres tú por inútil!
—¡Obvio no le gano en andar de resbalosa con los hombres! ¡Ella nació para ser una cualquiera!
Rubén levantó la mano para soltarle otra cachetada, pero Elsa se metió entre los dos.


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Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Otra Esposa de mi Marido
Porque no me deja seguir leyendo, compre monedas y cuando llego al 608, ya no me deja...