—Eso fue un accidente —explicó Raúl con resignación.
Noelia apretó los puños a los costados, clavando las uñas en las palmas.
—¿Por qué cada vez que hay un “accidente”, los que terminamos perdiendo o saliendo lastimados somos mi familia y yo?
La mirada de Raúl se volvió difícil de descifrar, una mezcla de cansancio y algo más.
—¿Entonces esto es algo que nunca vas a poder superar? ¿Te va a quedar atorado siempre?
Noelia sostuvo la mirada, la voz firme.
—Esto no se me va a olvidar nunca. Toda la vida lo voy a recordar.
Ambos se quedaron mirándose, hasta que Raúl desvió la vista y se fue sin decir una palabra más.
Noelia escuchó cómo la puerta principal se cerraba y, en cuanto el sonido retumbó en la casa, sintió que las fuerzas la abandonaban y terminó dejándose caer sobre el sillón.
Se fue tan rápido… seguro ni lo dudó, de inmediato fue corriendo a cuidar a Elvira y a ese niño.
Tal vez no era el mejor esposo, pero si algo le reconocía, era que había sido un padre entregado.
Si Elvira hubiera tenido una vida un poco más estable, tal vez ellos tres serían la familia más feliz.
Noelia se metió a bañar, apagó todas las luces y se acostó a dormir.
Un esposo que ya no le entregaba el corazón no merecía su desvelo, mucho menos que ella le dejara la luz encendida.
...
Unos minutos después, Raúl subió y tocó la puerta del departamento de Uriel.
Uriel, al abrir y verlo parado ahí, no pudo evitar lanzarle una broma sarcástica.
—¿Vienes a confesar tus pecados o qué?
Raúl le lanzó una mirada, entró sin pedir permiso y se dejó caer en uno de los sillones.
Uriel lo observó un buen rato, con el ceño marcado, hasta que finalmente se acercó, resignado.
—A ver, suéltalo. ¿Ahora qué hiciste que te tiene así?
Raúl alzó la vista para mirarlo de frente.
—¿Ayer en la noche… de qué platicaste con ella?
Apenas terminó de preguntar, el semblante de Uriel se endureció, la tensión en la sala se podía cortar con cuchillo.
—¿Y ahora qué? ¿También quieres prohibirle hablar con los demás? —le espetó, molesto.
Raúl se frotó la frente, fastidiado.
—No… no es eso.
Quería saber qué pasaba por la cabeza de Noelia, aunque ni él mismo lograba entenderla.
El peso en el pecho de Raúl se hizo más fuerte. Se sirvió más whisky y volvió a beber.
Apenas se oyó su voz.
—Noelia siempre ha sido muy terca. Si no hacía algo drástico, nunca hubiera regresado.
Veinte años de conocerse desde niños. Tres años de matrimonio.
Siempre estuvieron bien. No se le había pasado por la cabeza separarse de ella.
Ni antes, ni ahora, ni lo pensaba para el futuro.
Simplemente, Noelia había malinterpretado todo lo relacionado con Elvira y ese niño.
Y ahora, por más que quisiera, explicar no servía de nada.
Solo le quedaba esperar que, con el tiempo, lo viera diferente. Que cuando todo se calmara, pudieran volver a ser como antes.
Por lo pronto, solo le quedaba compensar cada herida, cada humillación, poco a poco.
Ambos hombres se sentaron frente a frente en el sillón, cada quien con su vaso, sin chocar ni una sola vez.
El silencio fue creciendo hasta volverse incómodo.
Uriel, de pronto, lo picó justo donde más dolía.
—¿De verdad vas a seguir protegiendo a Elvira y al niño? ¿No piensas aclararle nada a Noelia?

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