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La Otra Familia en Sus Publicaciones romance Capítulo 176

Raúl sacó otro cigarro de la cajetilla y, mientras lo encendía, habló con voz grave:

—Reconocí al hijo de Elvira, y no pienso dar más explicaciones. Solo quiero evitar que el abuelo vuelva a meterse con ellas dos.

Uriel lo miró de frente, sin parpadear:

—¿Y por qué tu abuelo se empeña en fastidiar a Elvira?

Raúl exhaló el humo despacio, la mirada perdida:

—Porque ella fue mi primer amor. La mujer con la que soñaba casarme. Para mi abuelo, ella es la piedra más grande en mi camino. No soporta su presencia, siempre ha querido desaparecerla de mi vida de cualquier manera.

Uriel se puso de pie de golpe, haciendo rechinar la silla contra el suelo:

—Eso no justifica que hayas destrozado a Noelia.

Raúl bajó la cabeza, la voz más baja, casi un susurro:

—Nunca quise lastimarla. Yo solo quería que pudiéramos vivir tranquilos.

Uriel lo fulminó con la mirada, los ojos encendidos de rabia:

—Por Elvira, aceptaste hacerte cargo de un hijo que ni siquiera es tuyo. Por ellas, arruinaste la vida de Noelia, le rompiste el brazo a su hermano, y cuando ella quiso divorciarse para dejarte libre, presionaste a toda la familia Barrios hasta que ya no tuvieron salida. La obligaste a volver contigo, y eso no fue suficiente: también le exiges que acepte que mantengas a otra mujer y a un hijo fuera de casa. Si yo fuera Noelia, ya te habría matado a ti y a toda tu familia.

Raúl mantuvo la cabeza baja, ocultando el torbellino de emociones en sus ojos.

Por un momento reinó el silencio, pesado y denso. Luego Raúl se levantó, listo para irse.

Antes de salir, se detuvo para decirle a Uriel:

—No quiero que ella siga así. Ni que se la pase dándole vueltas a las cosas todo el día. Si puedes, habla con ella, ayúdala a calmarse.

Raúl se marchó sin mirar atrás.

Uriel, furioso, pateó el piso y aventó las manos al aire:

—¡Yo debería aconsejarle que te eche veneno en el café! ¡Así acabaría contigo de una vez!

...

Al regresar a casa, Raúl notó que, salvo la luz automática de la entrada, la casa estaba completamente a oscuras.

Sus ojos, acostumbrados a la penumbra, se volvieron aún más sombríos al confirmar lo vacío del ambiente. Su expresión se endureció.

Cuidar de la mujer que amaba y de su hijo, mientras jugaba a ser el esposo perfecto para Noelia... Solo de pensarlo, Noelia sentía que Raúl debía estar agotado, partido en dos.

Apenas intentó moverse para levantarse, Raúl despertó.

Se incorporó y la atrajo hacia sí, rodeándole la cintura para impedirle salir de la cama:

—¿Por qué no me dejaste la luz encendida anoche?

Noelia bajó la mirada, respondiendo con voz apagada:

—La próxima vez lo tendré en cuenta. Procuraré no cometer ese error tan básico otra vez.

Había pasado medio año en la Confederación Aztlán, y con Elvira a su lado, Raúl ya no necesitaba que ella le dejara la luz. Él solo lo exigía por costumbre, para recordarle cada cláusula del acuerdo matrimonial, como si quisiera domarla hasta convertirla en la esposa Olmedo perfecta.

Las palabras de Noelia salieron mecánicas, distantes, como si recitara una lista de supermercado.

El gesto de Raúl se endureció de nuevo, imperceptible pero innegable.

Con voz cortante, le lanzó:

—Si ya tienes tan claro tu papel, repite otra vez el acuerdo matrimonial.

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