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La Otra Familia en Sus Publicaciones romance Capítulo 192

La sala estaba completamente silenciosa, pero el ambiente se impregnaba de un deseo desbordado, imposible de contener.

Al principio, Raúl solo quería ver que Noelia tomara la iniciativa, que fuera ella quien cruzara ese límite.

Sin embargo, en cuanto sintió el cuerpo de Noelia bajo sus manos, perdió el control y, poco a poco, olvidó sus intenciones originales.

Cambió de posición una y otra vez, acorralándola en el sofá, besándola con desespero, como si quisiera grabar cada momento en su memoria.

La espalda de Noelia se apoyaba contra el respaldo del sofá, su cuello largo se arqueaba hacia atrás, formando una curva elegante, casi felina.

Una de sus manos se enroscaba alrededor del cuello de Raúl, mientras la otra aferraba con fuerza un cojín a su lado, dejándose llevar por él, rindiéndose a lo que él quisiera hacerle.

La presión de sus dedos era tal que el diseño del cojín quedó completamente oculto.

Raúl, mordiendo sus labios, le susurró con voz ronca:

—Llámame esposo.

Quería escucharla. Y Noelia, complaciente, lo llamó así una y otra vez, solo para él.

Durante toda la noche, Raúl no paró ni un segundo, cambiando de ritmo, repitiendo sus movimientos incansablemente, como si no existiera el cansancio.

Al amanecer, cuando apenas empezaba a clarear, Noelia, agotada, se quedó dormida en sus brazos, con el cuerpo rendido.

Raúl, satisfecho, acarició suavemente a la mujer que dormía entre sus brazos como un gatito, y una sonrisa involuntaria se dibujó en su rostro, tan sincera que ni él mismo parecía notarla.

...

Cuando Noelia volvió a abrir los ojos, ya casi era mediodía.

Retiró con cuidado el brazo de Raúl que aún descansaba sobre su cintura y, aguantando la incomodidad que sentía por todo el cuerpo, se dio la vuelta y bajó de la cama.

La noche anterior, Raúl casi la había destrozado, como si llevara meses sin desahogarse.

Noelia empezó a dudar si Elvira estaría enferma, porque ni siquiera era capaz de satisfacerle en sus necesidades más básicas.

Por el bien de su salud física y mental, pensó que quizá debería ofrecerle una revisión gratuita a Elvira y ayudarla a mejorar su condición.

Ese día era Nochebuena, una fecha de alegría y reunión familiar en cada hogar.

Noelia eligió con esmero un conjunto de falda y blusa color rojo carmín, y encima se puso una gabardina beige.

Mientras se cambiaba en el vestidor, Raúl, ya arreglado, entró.

Se acercó a ella por detrás y, con naturalidad, la envolvió en sus brazos.

—Ese color siempre te queda perfecto.

Noelia, sin discutir, se pintó los labios frente a él, obediente.

—Hoy es Nochebuena, voy a pasar un rato con mis papás —dijo, y sobre la nuez de Raúl dejó una marca de sus labios recién pintados.

No confiaba en Raúl; tenía que asegurarse de entregar ese juego de joyas a sus padres lo antes posible.

Noelia se marchó y, durante un buen rato, Raúl se quedó parado frente al espejo, perdido en el recuerdo de ese beso.

No importaba cuánto cambiara ella.

Había algo en su esencia que seguía igual, imposible de borrar.

Raúl lo sentía con claridad: esa iniciativa y pasión venían directamente de lo más profundo de Noelia.

La quería desde hacía más de veinte años, y ese cariño no era algo que pudiera dejar de lado tan fácil.

La necesitaba.

No solo en el alma, sino también en el cuerpo.

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