El sonido repentino del teléfono en la habitación sacó a Raúl de sus pensamientos.
Era Elisa quien llamaba. Le pedía que esa noche llevara a Noelia a la casa familiar para cenar juntos.
Raúl se negó.
Le explicó que él y Noelia pasarían la Nochebuena con la familia Barrios, y que en Navidad irían a la casa de su familia.
Elisa no puso objeciones.
...
Al mediodía, la familia Barrios estaba en plena preparación de la cena especial cuando Noelia regresó a casa.
Dante, al ver el resistente maletín negro que cargaba su hermana, preguntó:
—¿Recuperaste las joyas, Noelia?
Jimena le indicó a su hijo que guardara el maletín en su habitación.
Luego, tomó a Noelia del brazo y la llevó directo al comedor.
—Noelia, dime la verdad —le pidió Jimena, con una mezcla de ansiedad y alivio—. ¿Cómo lograste recuperar esas joyas?
El dinero de la venta de las joyas seguía en sus manos; sabía bien que su hija no tenía efectivo suficiente para rescatarlas.
Noelia intentó tranquilizar a sus padres:
—Papá, mamá, Raúl fue quien pagó mucho dinero para recuperar estas joyas.
No les contó que Raúl ya había recuperado esas joyas días atrás.
Tampoco les mencionó todo lo que tuvo que tragar y soportar, ni cómo, a base de esfuerzo y haciendo a un lado su dignidad, logró sacar ese maletín de manos de Raúl.
Jimena y Martín se miraron unos segundos, percibiendo sin palabras que era mejor no seguir indagando.
...
Por la tarde, Noelia estaba en la cocina ayudando a preparar el pastel de arroz cuando Raúl llegó, cargando un botiquín.
Apenas lo vio, Dante frunció el seño y se metió de inmediato a su cuarto.
Aunque Jimena y Martín no mostraban buena cara, tampoco le pidieron que se marchara.
Como siempre, Raúl se mostró sumamente respetuoso frente a los padres de Noelia:
—Papá, mamá, feliz Año Nuevo.
Jimena asintió y se dirigió a la cocina sin decir más.
Martín solo murmuró un saludo mientras dejaba los bollos sobre la mesa para que se enfriaran.
Noelia no esperó a que Raúl dijera algo. Lo tomó del brazo y lo llevó a su habitación.
Ese día de fiesta, no quería que las cosas se pusieran tensas en casa.
Después de curarle las heridas y guardar los medicamentos, Noelia le pidió:
Raúl, sin perder la compostura, le contestó:
—Un poco de respeto. Llámame cuñado.
Dante apretó los puños, conteniendo la rabia:
—¡Tú no eres mi cuñado! Eres un desgraciado que hizo sufrir a mi hermana.
Raúl le puso una mano firme en el hombro:
—La vez pasada, sin querer, te lastimé la muñeca. Dime, ¿qué quieres para dejarlo atrás?
Dante, con los dientes apretados, soltó:
—¡A menos que me dejes romperte la mano igual que tú me hiciste!
Raúl, sin titubear, alzó la mano izquierda y se la ofreció:
—Un verdadero hombre cumple con su palabra.
Dante no dudó. Sin pensarlo dos veces, tomó la mano y —crac—, en la habitación se escuchó el sonido sordo de los huesos al desacomodarse.
Raúl no pudo contener un gemido ahogado de dolor. Dante, por fin, sintió que se le quitaba el coraje.
Raúl miró a la puerta, donde Noelia los observaba, y, soportando el dolor punzante, se acercó a ella.
—Ya está —dijo con la voz quebrada—. Ya le pagué a Dante lo que le debía. ¿Podemos dejar esto atrás?

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