Noelia permaneció en silencio frente a Raúl.
Levantó un poco la cabeza y le regaló una sonrisa, cruzando la mirada con esos ojos oscuros y llenos de emociones difíciles de descifrar que traía Raúl.
—No me veas así, de verdad, estoy bien. Voy a pedir un carro y me voy sola —comentó Noelia, manteniendo la sonrisa.
Pero mientras más sonreía Noelia, peor se veía el semblante de Raúl.
Noelia extendió la mano y le pasó el medicamento a Elvira.
—Se lastimó la muñeca —le explicó—. No olvides recordarle que tome su medicina a tiempo.
Elvira, nerviosa, miró de reojo a Raúl antes de aceptar el medicamento.
Viendo el gesto tan severo de Raúl, se apresuró a disculparse con Noelia.
—Perdón, señora Olmedo, no cuidé bien al niño y terminé metiéndola en problemas...
Noelia negó con la cabeza, sonriendo con amabilidad.
—Hoy es Nochebuena. Lo correcto es que estén juntos los tres. La que falló fui yo, debí estar más atenta. Para la próxima, yo misma le recuerdo que no se le pase.
Antes de que Noelia pudiera terminar de hablar, Raúl avanzó y le quitó el medicamento a Elvira.
—Elvira, súbete tú primero al carro.
Elvira obedeció y, tras mirar a Noelia, se fue directo al asiento trasero.
Raúl cerró la puerta. Luego, al pasarle el medicamento a Noelia, también le tomó la mano y la apretó un instante.
—No pienses cosas raras. En un rato regreso a casa.
Noelia, con expresión tranquila, retiró la mano con suavidad.
—Si se te hace muy tarde, ni te molestes en volver. Quédate a disfrutar con ellas, hazles compañía.
Raúl se quedó mirándola fijo. Había algo en la calma y la sonrisa de Noelia que le apretaba el pecho, como si le hubieran puesto un costal de piedras encima y le costara trabajo respirar.
Noelia, al ver que Raúl no se movía, decidió tomar la iniciativa y lo empujó suavemente hacia el carro.
—Si todavía no están listos para hacer todo público, tengan cuidado y que ningún reportero los pesque en la movida. Pero no te preocupes, tengo bien presente lo que dice el acuerdo de matrimonio; no te voy a armar ningún espectáculo.
—¡Noelia! —soltó Raúl, con la voz un poco desbordada.
Por dentro, sentía una mezcla de ansiedad y enojo que no sabía cómo canalizar.
No podía arriesgarse a darle explicaciones a Noelia, pero tampoco soportaba verla tan distante, tan... fuera de su alcance.
Noelia llevó a Héctor a una mesa cerca de la pista de baile en la planta baja.
—Todo lo que pidas esta noche va por mi cuenta. Eso sí, después del Año Nuevo me vas a ayudar con el tratamiento como quedamos.
Héctor se dio una palmada en el pecho, sonriendo muy seguro.
—Eso ni lo dudes, cuenta con este señor.
En eso, Uriel bajó de la planta alta acompañado de varios amigos. Apenas vio a Noelia, los despachó y se acercó de inmediato. No le quitó los ojos de encima a Héctor, que estaba sentado enfrente de Noelia.
—¿Y tú qué haces por San Miguel Arcángel, viejo zorro?
Noelia parpadeó. Al final, ese círculo de conocidos siempre se entrelazaba.
—Uriel, bájale a tu tono conmigo —le soltó Héctor, de malas, y salió rápido a contestar una llamada.
Uriel se volvió hacia Noelia.
—¿Y Raúl?
Noelia sirvió un trago y se lo pasó a Uriel.
—Se fue a echar cuetes con la mujer que ama y su hijo.

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