—Noelia, mi paciencia contigo tiene un límite —advirtió Raúl, mirándola con una seriedad que no dejaba espacio para bromas.
Noelia soltó un suspiro, fingiendo inocencia.
—Solo quise ayudar y terminé metiendo la pata. Lo tendré en cuenta para la próxima, de verdad.
Raúl apretó los puños y se notaba en su respiración que estaba conteniendo el coraje.
Con el ceño fruncido, le soltó una advertencia sin rodeos.
—Si Elvira o el niño llegan a salir lastimados por tu culpa, no te la vas a acabar conmigo.
Noelia se dio un golpecito en el pecho, prometiendo con firmeza.
—Despreocúpate por eso. Si el abuelo decide reclamar, yo asumo la culpa. Jamás dejaría que tu adorada mujer sufriera por mí.
Ambos se quedaron mirándose fijamente, a tan poca distancia que el aire se volvió tenso y pesado.
Raúl apretó los dientes y le respondió palabra por palabra, con voz dura.
—Más te vale que no estés diciendo eso solo por coraje.
Noelia ni parpadeó.
—Yo siempre cumplo lo que digo.
Ella sabía que Raúl tenía algo en su contra y no podía enfrentarse de frente con él. Pero ahora que la relación entre Raúl y Elvira ya era casi un secreto a voces, Elvira moría por ocupar el lugar principal y Noelia necesitaba pensar en cómo ayudarle a dar ese paso. Solo si madre e hijo lograban ser reconocidos públicamente, ella podría desatarse por completo de ese matrimonio y recuperar su libertad.
...
Ya entrada la noche, un lujoso carro negro rodó despacio hasta detenerse frente a la Mansión Olmedo.
El mayordomo acudió rápido y, con respeto, abrió la puerta.
—Señor, señora, pueden bajar.
En cuanto Raúl y Noelia pusieron pie en el suelo, Elvira salió disparada a su encuentro. Se notaba el temblor en sus palabras.
—Raúl, estoy muerta de miedo, ¿qué voy a hacer ahora?
El mayordomo se interpuso entre Elvira y Raúl, cortando la cercanía de raíz.
—Señorita Elvira, recuerde que la señora está presente. Cuide sus modales, por favor.
...
Dentro del gran salón, el abuelo estaba sentado en el asiento principal. Los padres de Raúl ocupaban los lugares de honor a su lado. El jefe de seguridad esperaba firme en la puerta. El ambiente era tan tenso que nadie se atrevía a respirar más fuerte de la cuenta.
Uriel se quedó parado a lo lejos, sin querer acercarse. Valentina, al notarlo, tampoco se atrevió a avanzar.
El mayordomo se detuvo y Elvira, siguiéndolo, también se congeló en su lugar.
Raúl, llevando a Noelia, se presentó frente a los mayores.
Ricardo lanzó una mirada significativa al mayordomo.
Este se acercó a Elvira y le recordó en voz baja.
—Señorita Elvira, acérquese a hablar.
Elvira, temblando de pies a cabeza, caminó hasta quedar junto a Raúl, incapaz de dar un paso más.
Raúl, manteniendo la mirada fija en Noelia por unos segundos, soltó su mano y se colocó al lado de Elvira.
—Abuelo, si hay algo que reclamar, háblalo conmigo.

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