Con un movimiento rápido de su pulgar, presionó el botón de eliminar en el archivo de audio. El documento desapareció ante los propios ojos de Erika, mientras Vanesa mostraba una sonrisa maliciosa.
—¡Jajaja! —Las carcajadas descaradas de Vanesa resonaron en toda la zona de la alberca.
Erika se quedó pasmada en su lugar, con la mirada perdida. Si Vanesa había tenido el descaro de hacerle escuchar cómo le estaban plantando pruebas, era obvio que no sería tan idiota como para guardar una copia de respaldo. El archivo había desaparecido... para siempre.
Un momento después, se dejó caer pesadamente sobre la silla, abatida.
A un lado, Cristina no perdía detalle de la escena. Un nudo en el estómago le advertía que algo andaba muy mal. Supuso que el audio que Erika acababa de escuchar era de suma importancia.
¿Qué locura iba a desatarse ahora? Fuese lo que fuese, sabía que ella no tenía el poder para ayudarla. Aun así, se compadeció de su jefa y se acercó discretamente a ella.
Una vez a su lado, le tomó la mano con suavidad y le acarició el brazo en un gesto de apoyo silencioso.
La risa histérica de Vanesa se fue apagando. Clavó la mirada en Erika y murmuró con arrogancia:
—Lamento decirte que esa era la única copia del audio. Y claro, el secreto morirá entre nosotras.
Los dedos de Erika, aferrados a la silla, temblaban ligeramente. Su rostro estaba pálido; era tal y como lo sospechaba. ¡Era una trampa de Vanesa y Lorena, una trampa planeada específicamente para hundirla a ella!
Mientras la angustia la consumía, la voz de Vanesa volvió a martillarle los oídos. Pero esta vez, casi a gritos:
Frente a ella, Vanesa parecía estar agarrando más vuelo. La fulminó con una mirada venenosa, dejando salir toda la bilis que se guardó desde que perdió a su cliente anterior:
—¡Eres una trepadora, Erika! Nunca me imaginé que caerías tan bajo para robarme un contrato. ¿Qué, Valerio te botó y andas tan muerta de hambre que ya no tienes ni para tragar?
»¿Cómo carajos crees que tantas coincidencias sean posibles? Tenías que correr a Carla justo cuando me enfermé. Ni antes ni después. ¡Ahorita ya me entró la duda de si no fuiste tú la que me echó algo en la comida para que me enfermara del estómago!
Vanesa estaba desquiciada. En cuanto terminó de gritar, y aprovechando que Erika no estaba a la defensiva, le soltó una bofetada con todas sus fuerzas, gritándole al mismo tiempo:
—¡Pinche mosca muerta!

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