Con un movimiento rápido de su pulgar, presionó el botón de eliminar en el archivo de audio. El documento desapareció ante los propios ojos de Erika, mientras Vanesa mostraba una sonrisa maliciosa.
—¡Jajaja! —Las carcajadas descaradas de Vanesa resonaron en toda la zona de la alberca.
Erika se quedó pasmada en su lugar, con la mirada perdida. Si Vanesa había tenido el descaro de hacerle escuchar cómo le estaban plantando pruebas, era obvio que no sería tan idiota como para guardar una copia de respaldo. El archivo había desaparecido... para siempre.
Un momento después, se dejó caer pesadamente sobre la silla, abatida.
A un lado, Cristina no perdía detalle de la escena. Un nudo en el estómago le advertía que algo andaba muy mal. Supuso que el audio que Erika acababa de escuchar era de suma importancia.
¿Qué locura iba a desatarse ahora? Fuese lo que fuese, sabía que ella no tenía el poder para ayudarla. Aun así, se compadeció de su jefa y se acercó discretamente a ella.
Una vez a su lado, le tomó la mano con suavidad y le acarició el brazo en un gesto de apoyo silencioso.
La risa histérica de Vanesa se fue apagando. Clavó la mirada en Erika y murmuró con arrogancia:
—Lamento decirte que esa era la única copia del audio. Y claro, el secreto morirá entre nosotras.
Los dedos de Erika, aferrados a la silla, temblaban ligeramente. Su rostro estaba pálido; era tal y como lo sospechaba. ¡Era una trampa de Vanesa y Lorena, una trampa planeada específicamente para hundirla a ella!
Mientras la angustia la consumía, la voz de Vanesa volvió a martillarle los oídos. Pero esta vez, casi a gritos:


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