Aunque Lorena decía eso con una sonrisa de oreja a oreja, en el fondo la carcomía una inquietud que no podía sacudirse.
En los últimos días había intentado de todo para acercarse a Valerio y tener más intimidad con él.
Pero él, ya fuera por su estado de salud o por alguna otra razón, se rehusaba a tener cualquier tipo de contacto físico con ella.
***
Delegación.
Sala de interrogatorios.
El oficial sostuvo los documentos en su mano, levantó la mirada para ver a la mujer que tenía enfrente, y luego le pasó los papeles a su compañero, que estaba al lado del escritorio, dándole una orden:
—Entrégale esto.
Erika, que estaba sentada del otro lado de la mesa, vio el documento que le pasaban, estiró la mano para tomarlo y comenzó a hojear el denso texto con la mente dispersa.
Básicamente decía que Carla, en calidad de testigo, la había señalado como la mente maestra detrás de la venta de secretos corporativos.
A Erika se le escapó una sonrisa amarga y le devolvió los papeles al oficial con calma.
El policía no los aceptó, sino que le advirtió:
—Erika, esto no es nada más para que lo leas. Tienes que firmarlo.
Erika respondió con absoluta serenidad:
—Oficial, no hice nada de lo que dice aquí. Alguien me está inculpando a propósito, aunque por el momento no tengo pruebas para demostrarlo.
El oficial que le había pasado el documento, al oír sus palabras, lo tomó despacio y regresó a su lado del escritorio.
Los dos policías intercambiaron miradas y se acercaron para susurrar entre ellos, de forma que Erika no pudiera escucharlos.
Al poco rato, ambos recogieron los archivos, las libretas y el resto de las cosas sobre la mesa para dirigirse a la salida.
Justo cuando abrieron la puerta, uno de los agentes volteó hacia atrás y le dijo:
—Erika, te vas a quedar aquí hasta nuevo aviso.
Ella asintió de forma rígida y preguntó:
—¿Podrían apagar esa luz tan fuerte, por favor? No me siento bien y el brillo me lastima los ojos; me resulta muy molesto.
—No se puede, ahí te quedas.
Salió corriendo a toda prisa rumbo al estudio para pedirle ayuda a Luciano.
Sin embargo, a mitad de camino, Cristina se frenó en seco.
El día anterior, la tal Lorena y Vanesa...
Habían llamado a la policía argumentando que Erika había robado archivos confidenciales de Estudio Lumina, y los oficiales se la habían llevado.
Pensándolo bien, siendo Luciano el dueño de Estudio Lumina, era seguro que no movería ni un dedo por Erika.
Cristina se paró a la orilla de la calle y empezó a patalear de desesperación. Pasara lo que pasara, jamás creería que Erika fuera capaz de algo así.
Desde que Erika había llegado al estudio, a ella la habían asignado como su asistente.
Erika siempre estaba pendiente de ella, nunca se portaba de manera engreída y la trataba increíblemente bien.
Ya había trabajado para otros fotógrafos, y todos la traían de arriba para abajo como si fuera su chacha.
Pero Erika era distinta; Erika era una persona dulce y de gran corazón.
Cristina dudó un buen rato parada junto a la acera, y hasta que por fin decidió lo que tenía que hacer, estiró la mano para detener un taxi.

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