Erika volteó a verlo con lentitud; él le devolvió la mirada y le hizo una seña sutil para que señalara a su agresora.
Había una clara dulzura y compasión en sus ojos.
Era una persona totalmente diferente al hombre que estaba arriba en la recámara.
¿Pero qué numerito estaba armando ahora?
Con el corazón latiéndole a mil por hora, Erika pasó la vista a las mujeres que tenía enfrente.
Habría sido mejor no mirarlas, pues al instante, todas las humillaciones del día anterior se reprodujeron en su cabeza.
El rencor empezó a correrle por las venas.
¡No solo ella había sufrido; también los bebés en su vientre!
Estaba segura de que los niños sentían la angustia y el maltrato hacia su madre.
Seguro que se habían asustado muchísimo.
¡Ya que Valerio las había traído a todas para defenderla, no se iba a andar con rodeos!
Cerró los ojos suavemente e intentó controlar sus emociones en silencio.
Cuando volvió a abrirlos, tenía los ojos llenos de lágrimas y, con una expresión vulnerable y triste, señaló a Vanesa:
—Fue ella; ella me ofendió, me apretó el cuello y me golpeó.
Ambos habían fingido ser un matrimonio feliz delante de su abuelo cientos de veces.
Pero esta era la primera vez que montaban la obra frente a otras personas.
Con toda la experiencia adquirida, Erika no tuvo ningún problema en seguirle el juego.
Al verse señalada, Vanesa agachó la cabeza aterrada y adoptó una postura totalmente sumisa.
Empezó a balbucear unas disculpas presas del pánico y con la voz temblorosa:
—Per... perdón, Erika... No, no, no. Señora Ramírez, le ruego me disculpe. Fui una estúpida, no supe con quién me estaba metiendo. Todo es culpa mía.
Luego de decir eso, Vanesa se mantuvo agachada y con aspecto derrotado.
En un abrir y cerrar de ojos, volvió a su faceta de mujer decente y de buena familia.
Lorena se aclaró la garganta y contestó de forma educada:
—Erika... Ay, perdón, señora Ramírez. Estoy segura de que estará conforme, ya que usted siempre ha sido una persona razonable, amable y de gran corazón. Vanesa solo actuó en un momento de desesperación y se dejó llevar por el enojo. Me parece que todos aquí sabemos que usted no sería capaz de poner a Vanesa en una situación peor.
Lorena se sintió bastante orgullosa de su propia respuesta.
Delante de todo el mundo, acababa de enaltecer a Erika.
De esta forma, si Erika se ponía difícil con Vanesa, ella misma quedaría como la villana del cuento.
Pero al escuchar esto, Erika no mostró ni una pizca de incomodidad.
Miró a Lorena y sonrió con malicia.
Un segundo después, se recargó poco a poco contra Valerio hasta estar casi pegada a su pecho y comentó:
—La señorita Lorena Jiménez sabe cómo halagar a la gente. Pero dime, Valerio... ¿tú qué opinas al respecto?

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