Tras decir eso, la mirada llena de rencor de Erika soltó un ligero destello desafiante. Fulminó a Valerio de reojo y bajó los escalones rápidamente.
Le parecía absurdo que Valerio fuera capaz de echarle la culpa por algo de lo que ella no tenía ni la menor idea. Justo en el momento en que la trabajadora de la casa avisó de la llegada de Ireneo, la sorpresa en la cara de Valerio demostró que estaba igual de pasmado que ella; hasta le había hecho señas con los ojos para que se escondiera. Pero bastó que pasaran unos minutos para que la naturaleza de ese hombre revelara sus verdaderas mañas.
Cuando Erika llegó hasta los sillones de la sala en el primer piso, sus ojos voltearon inevitablemente hacia el segundo piso. Desde la parte alta de la escalera, Valerio seguía de pie observándola en silencio, con una mirada impenetrable y pesada que ella ya no sabía ni cómo descifrar.
Estaba cansadísima de la situación. Deseaba hacerse la estúpida prueba de paternidad ya, sacar los resultados de inmediato y poder soltar las ataduras que la mantenían cerca de él, con la firme intención de no volver a verle la cara por el resto de su vida.
Mientras tanto, arriba, Valerio se quedó parado un rato más hasta que, como tomando impulso para enfrentar el asunto, caminó de vuelta al despacho.
Una vez que estuvo a solas con Ireneo nuevamente, Valerio preguntó con su tono más respetuoso:
—Abuelo, ¿cómo te enteraste de todo esto? ¿Podrías decirme, por favor? Te lo pido porque de verdad es fundamental para mí.
Pero Ireneo seguía mostrando su total disgusto. Resopló molesto y no dijo una sola palabra.
Después de un buen tramo de silencio incómodo, Valerio volvió a intentar:
—Abuelo, dame una semana de plazo. Te daré todas las explicaciones de lo que pasa, ¿te parece bien?
—¿Ah, sí? ¿Así que ahora planeas ocultarle todo a tu propio abuelo? —reprochó Ireneo.
Valerio trató de convencerlo:
—Abuelo, tú conoces bien mi forma de actuar y sabes hasta dónde llego. Dales a tus nietos el beneficio de la duda esta vez. Ándale.
Ireneo se levantó de su asiento poco a poco y comenzó a caminar de un lado a otro por la habitación. Caminaba lento y arrastrando un poco los pies, como si se estuviera echando una carga de muchos kilos sobre la espalda.
Tardó un rato en frenar su caminata. Con una angustia que se le notaba hasta en las arrugas de la cara, lanzó la pregunta dolorosa:
—¿Por qué andas dudando que esos niños que trae Erika son tuyos?

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