Ante esas palabras, el rostro de Valerio se ensombreció. Se levantó lentamente y acortó la distancia entre ellos:
—Martina, todavía no nace la persona que pueda jugarme chueco. ¿Entiendes lo que te digo? Lo que siento por Eri es sincero y ella ya había aceptado volver a casarse conmigo. Además, si te la llevaste, ¿te has puesto a pensar cómo va a sobrevivir? Con ese embarazo, ¿quién la va a cuidar? No la estás ayudando, la estás perjudicando. Ninguna buena amiga haría algo así.
El problema de cómo se mantendría Erika era exactamente lo que más le preocupaba a Martina.
Pero no dejó que se le notara en la cara. Valerio había entrado amenazando y ahora intentaba jugar la carta emocional.
Llevaba demasiado tiempo en el mundo laboral como para no conocer ese tipo de trucos.
Fingió no entenderlo y le contestó:
—Qué casualidad, porque tampoco hay esposos como tú. ¿No sospechabas todo el tiempo que Eri te ponía los cuernos? Si de verdad desapareció, seguro se fue a buscar a ese supuesto amante que te imaginaste. ¿Por qué me buscaría a mí? Estoy muy ocupada, lamento mucho que haya venido en vano. Ya conoce la salida.
Martina hizo un gesto invitándolo a marcharse.
Pero Valerio no movió ni un músculo.
Clavó su mirada en ella y, tras un momento, le mostró un video de las cámaras de seguridad en su celular:
—Dime, ¿esta mujer no es Eri? ¿Y la que está a su lado no eres tú?
Ella ya se esperaba que él fuera a escudriñar las cámaras de seguridad.
Por lo tanto, fue capaz de mantener una actitud completamente serena.
Se acercó a la pantalla a propósito, frunció el ceño y comentó:
—Según yo, es imposible que sea Eri. Llevo días sin verla, pero su panza ya debería notarse bastante, ¿no? A ella ni siquiera se le ve el embarazo.
Valerio guardó el teléfono y preguntó sin prisa:
—¿Dónde estabas hace una hora?
Una sonrisa asomó en los labios de Martina; al parecer, ya había previsto todo este interrogatorio.
Suspiró con exageración y respondió:

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