—Señor Ramírez, la señorita Quintana está muy ocupada todos los días, ¿qué le parece si toma asiento en la sala de espera un momento? Le prepararé un café... —volvió a sugerir la recepcionista.
Antes de que la joven pudiera terminar de hablar, Valerio ya había entrado directamente.
Los guardaespaldas que lo seguían cerraron la puerta de inmediato. Los cuatro hombres se cruzaron de brazos y se pararon erguidos, flanqueando la entrada.
La recepcionista observó la escena y pensó: «¿Vino a firmar un contrato o a cobrar una deuda?».
¿Acaso Martina había ofendido a Valerio? Sacudió la cabeza y regresó a su lugar, volteando a mirar a cada paso.
Mientras tanto, adentro, Valerio se sentó directamente en el sofá, cruzó sus largas piernas y se recargó en el respaldo.
La mirada que dirigió hacia Martina era fría y severa.
Martina, por su parte, ya sospechaba que él vendría. Murmuró unas cuantas instrucciones por el teléfono fijo y colgó.
Imitando su postura, se recargó en el respaldo de su silla y comentó con aire despreocupado:
—Vaya... ¿qué milagro que nos visita nuestro todopoderoso director general?
Valerio frunció el ceño y respondió con frialdad:
—Martina, si no quieres saber lo que se siente estar tras las rejas, entrégame a Erika en este instante.
Martina soltó una carcajada burlona y se levantó lentamente de su silla giratoria.
Salió de detrás de su escritorio, se recargó perezosamente en el borde y respondió en un tono indiferente:
—Señor Ramírez, guárdese esas amenazas baratas para asustar a los niños. A mí no me va a intimidar.
Dicho esto, tomó la taza de café que estaba sobre el escritorio y le dio un pequeño sorbo, como si nada pasara.

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