Al acercarse a la casa que habían rentado, Adrián se adelantó unos pasos y sacó las llaves.
Tras el chasquido de la cerradura, la puerta de madera se abrió con un ligero rechinido.
—Espérate tantito aquí, voy a prender la luz —le indicó Adrián en tono protector.
Dicho eso, entró a zancadas hasta encontrar el interruptor. En un parpadeo, todo el patio delantero quedó completamente iluminado.
Erika cruzó el umbral de la puerta con mucho cuidado y, mientras caminaba despacio hacia adentro, observó aquel pequeño patio de unos veinte metros cuadrados.
El suelo también era de baldosas de piedra ligeramente húmedas, de donde emanaba un olor fresco y agradable.
Las paredes del patio estaban repletas de enredaderas muy verdes, y entre las hojas colgaban unos cuantos faroles encendidos que emitían una luz muy cálida.
En una esquina había macetas con flores de todo tipo, y un poco más allá, un par de sillas acompañadas de una pequeña mesa redonda.
—¿Te gusta? Pensé que, como el embarazo va a avanzar y estarás más pesada, no te convendría subir escaleras, por eso no quise rentar algo en un segundo piso —le comentó Adrián, acercándose con una leve sonrisa.
Erika dejó de inspeccionar el lugar para verlo, dedicándole también una sonrisa tierna.
—Me encanta. Adrián, gracias por preocuparse tanto por mí. Desde que éramos chiquitos hasta ahora, siempre soy yo la que los mete en aprietos...
—¡No digas tonterías! Yo hago lo que sea por ti, y con muchísimo gusto —replicó Adrián al instante, apresurándose a añadir—: Y estoy seguro de que Marti opina exactamente lo mismo. Bueno, ven, te enseño tu cuarto.
Mientras caminaba por delante, Adrián le fue dando el recorrido.
—Este cuarto del centro es el más grande, aquí te vas a quedar tú. Marti y yo ya te acomodamos todo lo que necesitas ahí adentro. Yo me voy a quedar en el cuarto de la derecha. Y cuando Marti nos venga a visitar, se puede dormir en el de la izquierda.
Erika se detuvo en seco al escucharlo.
—¿Ustedes dos también se van a venir a vivir aquí? Adrián, tú ya tienes demasiadas preocupaciones encima con tu negocio y lo de tu mamá. Y ni hablar de Marti, su trabajo la tiene vuelta loca todo el día...
—Yo sí me quedo. Marti solo vendrá de vez en cuando —la interrumpió Adrián.
—Eri, siéntate aquí un ratito. En el camino pedí comida en el restaurante de aquí a la vuelta, ya no debe tardar. Ahorita lo platicamos mientras cenamos.
Erika se sentó despacio. En su cabeza no dejaba de formular las palabras correctas para rechazar su ofrecimiento sin lastimar sus sentimientos.
Ambos se quedaron en silencio por un buen rato hasta que, como Adrián había prometido, les entregaron la comida.
Adrián se levantó de inmediato para recibir el pedido y destapó los contenedores. Le pasó los cubiertos a Erika.
—Ándale, debes de estar muriéndote de hambre. Cómetelo rápido, lo más importante ahorita es que tengas algo en el estómago...
Erika dudó por un momento antes de recibirle los cubiertos y, sin soltar una sola palabra, comenzó a comer dando pequeños bocados.
Cuando ya estaba terminando de comer y por fin se dispuso a hablar, Adrián se le adelantó:
—Eri, siento que ahora me tratas con mucha distancia. Cuando éramos niños tú y yo éramos inseparables; compartíamos todo, nos la pasábamos jugando todo el tiempo. ¿Te acuerdas de aquella vez que llegaste corriendo conmigo, echa un mar de lágrimas, y me dijiste: "Adrián, Adrián, tengo mucha hambre, cómprame un pan dulce de la panadería de la esquina..."?

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