Adrián, al notar que el rostro de Erika se iluminaba con una sonrisa, continuó su relato con mucho entusiasmo:
—Luego salí corriendo a comprar pan dulce, pero como iba muy rápido, caí de bruces y me rompí medio diente. Cuando fui al dentista, estaba aterrado, así que me hiciste un pequeño muñequito de tela para animarme...
Adrián hablaba por los codos mientras observaba con atención la expresión de Erika.
Sus palabras parecían haber disipado cualquier incomodidad, y el ambiente se volvió mucho más ligero.
Con lentitud, sacó de su mochila un muñequito de tela muy gastado y lo balanceó frente a los ojos de ella.
—Mira, nunca lo tiré. Además, cada vez que paso por un momento difícil, recuerdo tus palabras de aliento.
Erika extendió la mano y tomó el muñequito. En aquel entonces era muy pequeña y las costuras estaban bastante chuecas, pero nunca imaginó que Adrián lo guardaría hasta el día de hoy.
Sin embargo, Erika hizo una pausa; no estaba dispuesta a seguir escarbando en los recuerdos del pasado.
Si Martina estuviera ahí, platicar de esas cosas entre los tres habría sido muy divertido.
Aferrando el muñequito con las manos, dijo en un tono suave:
—Adrián, por supuesto que me encantaría que tú y Marti estuvieran conmigo todos los días. Pero... ambos tienen sus propias vidas y responsabilidades. Quedarse aquí atrapados solo los va a atrasar y se van a aburrir. Con que vengan a visitarme cuando tengan tiempo libre es más que suficiente. Mi vientre aún no está tan grande, puedo hacer las cosas por mi cuenta.
Adrián no se molestó por el rechazo. De hecho, ya se esperaba esa respuesta.
Respiró hondo y le contestó:
—Mira... acabas de llegar a este lugar y no conoces a nadie. En cuanto te encuentre a una empleada de confianza que te cuide, me regreso a Solara, ¿te parece?
Ante tanta insistencia, Erika no tuvo corazón para negarse.
Esbozó una leve sonrisa y asintió.
—Está bien.
—Siempre has sido muy detallista y yo llevo una vida muy sencilla, seguro que es más que suficiente.
Tras decir esto, se encaminó hacia la habitación principal. Sin embargo, al llegar al umbral, se detuvo y miró hacia atrás.
—Adrián, manejaste por horas. Debes estar agotado, ve a descansar temprano.
Adrián le dedicó una sonrisa cálida.
—Sí, tú también acuéstate temprano. Acuérdate de poner a cargar tu celular y márcame si necesitas algo. Y si... si no te acostumbras a este nuevo lugar y te da miedo en la noche, también puedes hablarme. Como sea, dejaré el teléfono encendido.
Erika asintió.
—De acuerdo. Buenas noches.
Adrián se quedó observando hasta que ella cerró la puerta de su cuarto; solo entonces fue a ponerle seguro al portón y se retiró a su propia habitación.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Patrona y sus Trillizos: El exesposo rogón